Lo que nosotros ya sabemos sobre la guerra

"Aquí no hubo paz. Hubo silencio de cementerio." — Alfredo Molano, escritor y cronista colombiano del conflicto armado

Pedro Sánchez se plantó esta semana ante el Congreso español y le dijo al mundo lo que pensaba del conflicto en Medio Oriente: "Lo último que necesitaba el mundo es otra guerra y, en esta ocasión, una guerra ilegal, absurda, cruel."  Valiente. Necesario. Y para un colombiano, profundamente familiar.

Porque Colombia lleva más de sesenta años sabiendo exactamente eso. Solo que nadie vino a decirlo por nosotros en ningún parlamento.

De cada diez personas muertas de manera violenta en el conflicto armado colombiano, ocho eran civiles. No soldados. Campesinos, maestros, niños. Y el horror no es historia: enero de 2026 se convirtió en el mes con más masacres en Colombia desde 2023, con un promedio de una muerte cada 12 horas. Este abril, el número de víctimas del conflicto superará los diez millones de personas — siete décadas de guerra contadas, en un país que el mundo apenas mira de reojo.

Esta clase de guerras, como bien se dijo en Madrid, solo sirve para "alimentar los intereses de unos pocos, de los de siempre, de los de arriba." En Colombia lo llamamos narcoparamilitarismo, guerrilla, economías ilegales. El nombre cambia. La lógica es la misma.

Lo que distingue a Colombia no es haber sufrido más, sino haber sufrido en silencio. Sin cámaras internacionales. Sin discursos en ningún Congreso de ninguna potencia. Ese silencio tiene un precio que los europeos empiezan apenas a intuir: en España, en solo un mes de conflicto en Medio Oriente, el diésel y el gas subieron un 35 y un 95 por ciento respectivamente.  Los españoles sienten por primera vez en el bolsillo lo que otros pueblos llevan décadas sintiendo en el cuerpo.

Y aquí está la conexión que Madrid debería entender de verdad: la guerra no se queda donde empieza. Se mete en las casas, en los mercados, en las escuelas. En Colombia lo sabemos porque la hemos visto entrar por la puerta de atrás de cada vereda, de cada barrio, de cada familia.

La guerra es siempre absurda. Pero también es siempre rentable para alguien. Esa es la verdad que los políticos tardan décadas en pronunciar, y que las víctimas conocen desde el primer disparo.

Colombia no necesita que el mundo la compadezca. Necesita que entienda de una vez que la paz no se construye ignorando los conflictos que no salen en los titulares. Que hay guerras que llevan sesenta años ardiendo sin que nadie las llame por su nombre: ilegales, absurdas y crueles.

Nosotros lo decimos de Colombia. Y lo llevamos diciendo toda la vida.