¿Por qué no te callas?
Ni en presencia de la muerte, renegaré a mi Patria. —Juan A. Gutiérrez de la Concha
En estos tiempos de revisionismo febril proliferan quienes sin saber qué es un archivo —en donde duerme la memoria de nuestra Patria— se dejan arrastrar por la ignorancia y por esa estúpida cultura “woke” que busca desprestigiar la historia de nuestra España ¡Ni abusos, ni culpa heredada, ni nada de qué arrepentirnos! Lo real es una obra colosal y extraordinaria que algunos necios, movidos por la moda o la mala fe, se empeñan en negar.
Pero frente a esta corriente de desvarío se alza un grupo de intelectuales que, sostenidos por la verdad y con pruebas en la mano, desmontan la leyenda negra que durante siglos nos ha perseguido. Historiadores de toda guisa, muchos educados en el prejuicio, descubrieron que “el dato mata al relato” y asumieron la obligación moral de defender la empresa española y la Hispanidad. Otros, para vergüenza propia, siguen repitiendo los excesos de Las Casas o las injurias de Ginés de Sepúlveda, olvidando que la historia es una ciencia y que no es un simple eco.
Aquel que pretenda poner en duda la ingente obra levantada por España desde los Reyes Católicos tropieza con la razón y la evidencia. Sin embargo es triste ver a compatriotas que olvidan el sacrificio de nuestros antepasados y que se permiten dudar de los valores que hicieron grande a nuestra nación. Nosotros, humildes y sencillos ciudadanos, que aún dedicamos un instante de nuestra vida a combatir la confusión y la mentira, no podemos más que escandalizarnos ante quienes reniegan de una gesta que dio forma a continentes enteros y alumbró nuevas naciones bajo el amparo de leyes, universidades, caminos, iglesias y justicia.
Humillar a nuestros soldados y familiares, a los que cruzaron océanos, padecieron hambre, enfermedades, soledad y miseria, esos que entregaron su sangre por servir a su rey y a Dios, es una afrenta que ningún español digno puede tolerar. Muchos perdieron familia y bienes creyendo que su sacrificio engrandecía a su rey y a España, por eso, cuando algunos se inclinan ante el desprecio de los desinformados, para ganar favores diplomáticos o por cobardía, la ofensa se duplica porque traicionan la verdad y deshonran la memoria.
Vaya pues, mi homenaje a los soldados de España, a Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Sarmiento de Gamboa, Vázquez de Coronado, Orellana, Hernando de Soto, Blas de Lezo, Legazpi, Pérez Hernández, Antonio de Leiva o Francisco Cruzat, y también a los miles que sin nombre en los libros hicieron posible lo imposible. Ellos encarnaron aquello que Cicerón llamaba virtus, que es la fuerza moral que sostiene a los pueblos cuando todo parece derrumbarse.
Y hoy repetiré, con emoción sincera, las palabras que pronunció Juan Antonio Gutiérrez de la Concha, en Río de la Plata, antes de partir a Perú en los turbulentos días de la independencia: Ni en presencia de la muerte, renegaré a mi Patria.
Quisiera también, en este instante, que ese juramento nacido del honor y la decencia iluminase a quienes aún sienten en el pecho el latido de nuestra España.