El puente de doble curvatura
Apelando a un recuerdo de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid, la segunda más exigente de Europa después de la de Minas de París, según se decía, contaré que in illo tempore tuve el privilegio de asistir en ella como alumno, a una conferencia titulada “El puente de doble curvatura”. La charla venía acompañada de un documental en el que se veía a miles de chinos sonrientes que acarreaban como hormigas los materiales de construcción. Uno entonces, a mi lado, dijo en plan castizo que aquello parecía la salida del Bernabéu al final de un partido de Copa. A mí me traía a la imaginación otras escenas tumultuosas que debían de haberse producido en las grandes obras de la humanidad, como las pirámides de Giza, en Egipto, salvo que las hubieran levantado cuatro extraterrestres forzudos, claro.
Pero a principios del último cuarto del s. XX los chinos quedaban muy lejos, aunque ya estaban viniendo silenciosamente para abrir los primeros restaurantes y luego las tiendas del “Todo a cien”. De ellos sabíamos que conformaban una nación numerosa, y que trabajaban duro y con minuciosidad, lo que expresábamos con la frase “trabajo de chinos”. También a veces se decía de alguien, sin base alguna, que lo habían engañado “como a un chino”.
Con el paso del tiempo se comprobó que su fama de trabajadores incansables estaba más que justificada, pues no se conoce a nadie que los haya visto nunca mendigando en parte alguna, al menos en este extremo de Europa llamado la península ibérica. Parece que la promesa bíblica incluida en la declaración “Dios proveerá” no les afecta y que, en consecuencia, prefieren confiar en sus propias capacidades.
Ya en el s. XXI, casi perdida en la nebulosa del pasado la impresión que me produjo la fabricación de aquel insólito puente, nos llegaron imágenes y noticias de China más asombrosas aún, desde edificios que cosquilleaban el cielo con sus antenas a carreteras increíbles que sobrevolaban los mares durante kilómetros o que, convertidas en túneles, discurrían por debajo. Frente a estas maravillas, que los viajeros que regresaban de ese país relataban con admiración al estilo de Marco Polo, la vieja pasarela, ante las nuevas estructuras, equivaldría a una bonita maqueta. ¿Cómo se había producido ese avance gradual en la dirección del progreso sin apenas darnos cuenta?
¿Quizá porque en las cuencas del gigante asiático, como la del Tarim, de mayor superficie que España y con el inmenso desierto del Taklimakan en su interior, se perforaban pozos de petróleo y gas mientras que por estos lares los únicos pozos que hemos profundizado con insistencia machacona han sido los baches de las carreteras? ¿Tal vez porque en China se han inventado ferrocarriles magnéticos que no tocan las vías en tanto aquí seguimos conteniendo la respiración al paso de los convoyes con el alma -la de los raíles y la nuestra- en vilo?
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