Reflexionando en la rebotica

A propósito de salarios y pensiones

Hay cifras que parecen hablar por sí solas.

Una de ellas aparece estos días con cierta frecuencia: la pensión media se acerca cada vez más al salario medio. A veces se expresa casi como una anomalía, como si algo se hubiera desajustado en el sistema.

Y quizá sea cierto, pero no estoy seguro de que estemos mirando en la dirección correcta. Cuando uno lee que la pensión media ya representa cerca del 88 % del salario medio, la reacción casi automática consiste en preguntarse si las pensiones están creciendo demasiado. Es la conclusión que parece venir incorporada a la propia noticia.

Sin embargo, a mí me surge la duda contraria. ¿Y si el problema no estuviera en las pensiones sino en los salarios?

En la última década las pensiones han aumentado bastante más que los sueldos. Las primeras se han revalorizado para proteger el poder adquisitivo de quienes han dejado de trabajar. Los salarios, en cambio, han seguido una trayectoria mucho más lenta. Y eso acaba acercando ambas cifras.

Pero aquí conviene detenerse un momento. Las pensiones crecen porque existen decisiones políticas que así lo determinan. Se actualizan, se protegen y se discuten públicamente. Son visibles.

Los salarios funcionan de otra manera. Dependen de la productividad, del tipo de economía, del tamaño de las empresas, del valor añadido que somos capaces de generar o de cuánto se paga por cada hora de trabajo.

Y ahí la conversación se vuelve más incómoda. Porque España lleva años conviviendo con un problema menos visible que las pensiones: salarios que avanzan lentamente, sectores de bajo valor añadido, productividad estancada y una dificultad persistente para transformar el crecimiento económico en mejores sueldos.

Cuando una variable está protegida y la otra apenas avanza, tarde o temprano ambas terminan acercándose. No necesariamente porque una esté demasiado alta, sino porque la otra quizá sea demasiado baja.

Sin embargo, el debate suele dirigirse hacia las pensiones. Tal vez porque son fáciles de medir, de comparar y de discutir. Los salarios, en cambio, son el resultado de múltiples factores que no se corrigen mediante una ley ni se aprueban en un parlamento. Y eso los convierte en un problema menos visible y también más difícil.

A veces da la impresión de que discutimos cómo repartir la tarta mientras evitamos preguntarnos por qué apenas crece o por qué su crecimiento no llega de la misma manera a quienes trabajan.

El resultado puede acabar alimentando algo aún más preocupante: un conflicto entre generaciones. Los jóvenes sienten que trabajan mucho y avanzan poco. Los mayores perciben que las pensiones que reciben son el resultado de toda una vida de cotizaciones y esfuerzo. Ambos tienen parte de razón.

Quizá el verdadero problema no sea que las pensiones se acerquen a los salarios. Tal vez sea que llevamos demasiado tiempo aceptando que los salarios no se alejen de las pensiones.

No es exactamente lo mismo, pero cambia bastante la perspectiva.

Y tal vez las conversaciones más útiles sean precisamente aquellas que nos obligan a mirar donde menos acostumbramos a hacerlo. Porque, a veces, el problema no está en la cifra que crece, sino en la que lleva demasiado tiempo sin hacerlo.