El progreso consiste en encontrar la siguiente pregunta
Hace unos días escuché al físico José Ignacio Latorre contar una idea fascinante. Están explorando qué ocurriría si una inteligencia artificial solo pudiera acceder al conocimiento científico disponible hasta 1911, sin saber nada de lo que vino después. La prueba es tan sencilla como inquietante.
¿Sería capaz de llegar por sí sola a la teoría de la relatividad especial?
La primera reacción es pensar que sería una demostración del enorme potencial de la inteligencia artificial. Pero creo que la pregunta importante puede ser otra.
¿Qué nos diría eso sobre Einstein?
Cuando pensamos en él solemos imaginar a un genio que cambió para siempre nuestra manera de entender el universo. Y así es. Sin embargo, pocas veces recordamos que, antes de 1905, muchas de las piezas del rompecabezas ya estaban sobre la mesa.
Las ecuaciones del electromagnetismo existían. El experimento de Michelson y Morley había puesto en duda la existencia del éter. Lorentz y Poincaré habían desarrollado herramientas matemáticas fundamentales …
Los datos estaban ahí. Lo extraordinario no fue encontrarlos, fue mirarlos de otra manera.
Einstein hizo algo que resulta mucho más difícil que resolver una ecuación. Se atrevió a cambiar las preguntas.
Mientras muchos intentaban explicar por qué el éter no aparecía en los experimentos, él decidió prescindir del éter.
Mientras otros trataban de salvar las ideas existentes, él aceptó que quizá fueran las propias ideas las que necesitaban cambiar.
Eso es un cambio de paradigma. Y precisamente eso es lo que hace tan interesante el experimento con la inteligencia artificial.
Porque, si ésta llegara a la misma conclusión utilizando únicamente el conocimiento disponible en aquella época, tendríamos que aceptar que tal vez algunos grandes descubrimientos fueran inevitables.
Quizá, cuando el conocimiento alcanza cierto nivel de madurez, solo sea cuestión de tiempo que alguien encuentre el siguiente paso.
Pero también puede ocurrir lo contrario, que la inteligencia artificial sea incapaz de dar ese salto. Y entonces la conclusión sería igualmente apasionante.
Tal vez los grandes avances científicos no dependan solo de acumular información y precisen de la capacidad de formular una pregunta que nadie se había atrevido a hacer hasta el momento.
En una época en la que hablamos constantemente de algoritmos capaces de responder a casi cualquier cuestión, resulta curioso pensar que el verdadero progreso quizá no dependa de las respuestas, sino de las preguntas.
Las respuestas suelen cerrar conversaciones, las buenas preguntas las inauguran. Y toda la historia de la ciencia parece estar llena de personas que hicieron precisamente eso.
Copérnico preguntándose si la Tierra era realmente el centro del universo. Darwin preguntándose si las especies eran inmutables. Einstein preguntándose qué ocurriría si pudiera viajar junto a un rayo de luz …
Quizá la inteligencia artificial termine resolviendo muchos de los problemas que todavía nos desconciertan. Pero, si algún día consigue descubrir por sí sola una nueva teoría física, la noticia no será únicamente que las máquinas pueden ser más inteligentes de lo que imaginábamos.
Habremos aprendido que el conocimiento avanza gracias a una extraña combinación de dos ingredientes: toda la información disponible y alguien -sea una persona o una inteligencia artificial- capaz de mirar exactamente los mismos datos y plantear la siguiente pregunta.