Primer año de Trump 2.0: el manotazo que acecha a Colombia
Donald Trump cumple este 20 de enero un año de su segundo mandato y, fiel a su estilo, no ha pasado desapercibido en el mundo ni un solo día. Si su primera presidencia fue una ruptura con el manual de Washington, esta versión 2.0 parece escrita contra los protocolos, con tachones, exclamaciones y mayúsculas innecesarias. Menos sorpresas, más desparpajo; menos filtros, más instinto. Menos elegancia, más torpeza. Trump no gobierna para demostrar que puede, sino para confirmar qué quiere.
En este primer año ha repartido hechos, gestos y palabras como quien lanza dados sobre el tablero global: algunos caen en lo coyuntural —la frase incendiaria, la amenaza calculada— y otros se incrustan en lo estructural, dejando huellas profundas y no siempre virtuosas. En ese mapa movedizo, Colombia aparece no como un país cualquiera, sino como un socio que Washington mira con familiaridad… y con una condescendencia apenas disimulada, propia de una potencia que intenta reafirmar su hegemonía.
Conviene recordarlo: la relación entre Colombia y Estados Unidos no nació con Trump ni terminará con él. Es una alianza tejida, con altibajos, durante dos siglos, pero sostenida en la modernidad con ejes precisos: seguridad, narcotráfico, intercambio comercial, educación, conocimiento y cooperación técnica. Esa es la parte sólida del edificio, la que no tiembla con cada trino o declaración altisonante.
Colombia sigue siendo considerada un aliado estratégico de Estados Unidos. Sin embargo, este segundo mandato de Trump ha dejado claro que esa condición no es gratuita ni incondicional. Aranceles, devolución de inmigrantes, exigencias en materia de extradición y la decisión de incluir al presidente, a su exesposa y a su ministro del Interior en una lista de descertificación marcaron un punto de inflexión. Más que un mensaje diplomático, fue un gesto de poder. Petro bajó la cerviz, el tono se moderó y el canal institucional se recompuso.
Con Petro, la tensión no ha sido tanto de gestos como de lenguajes. El presidente colombiano insiste en hablar de causas estructurales —drogas, desigualdad, crisis climática— mientras Trump privilegia los efectos inmediatos: control, resultados rápidos, sanciones visibles. Esa diferencia reaparece en temas sensibles como el narcotráfico y la migración.
Convertir problemas complejos en consignas útiles para la política interna estadounidense puede rendir aplausos, pero empobrece la diplomacia. Colombia no es solo un país exportador de problemas; también ha sido laboratorio de soluciones, muchas de ellas impulsadas con el apoyo de Washington. Olvidarlo es cómodo, pero injusto.
Los analistas lo dicen sin rodeos: en Trump no se percibe la mano paciente del estadista, sino el impulso del gobernante que confunde liderazgo con imposición. Eso puede funcionar puertas adentro, pero en la vecindad es una receta para el desgaste. Colombia necesita una relación firme y respetuosa. Estados Unidos debe entender que su fortaleza depende del desarrollo paralelo en las naciones amigas.
El próximo 3 de febrero, Trump y Petro se verán en la Casa Blanca. Será una nueva oportunidad para comprobar si, más allá del apretón de manos, se logra evitar el manotazo. Así la política recupera su sentido elemental: hacer posible el arte de lo posible. Opiniones al correo jorsanvar@yahoo.com