Polvorilla o por qué hablo de ángeles en el parte de guerra
Suenan tambores de guerra, ,y no son tambores lejanos. Cíclicamente encendemos la pira donde masacrarnos, como si tuviéramos la necesidad de nuestra propia inmolación. Cuando las hostilidades comienzan, la espiral parece imparablemente centrífuga, disparando sin medida ni control a todo lo que se mueve. Parece que llevamos impresa la necesidad de la batalla.
Me encuentro al otro lado del mundo. Llevo unos días en Japón y voy a pasar aún otros cuantos días más. No entiendo japonés y no estoy viendo muchas noticias, pero sé que el mundo se está incendiando.
Anteayer visité Okinawa, totalmente al sur del archipiélago de Japón. Es un conjunto de 160 islas, 49 de ellas habitadas. Fue independiente (Reino Ryukyu de 1492 a 1872), hasta su incorporación al imperio japonés a finales del siglo XIX, por lo que conserva una rica historia propia, con lengua, cultura, arquitectura e incluso religión diferente.
Estuve en el castillo de Shuri y en el jardín y residencia imperial Shikina-en, ambos Patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Shuri fue el centro del gran reinado Ryukyu durante varios siglos. Durante la segunda guerra mundial fue destruido casi por completo y reconstruido posteriormente con el amor y el orgullo de un pueblo hacia su historia. En 2019 nuevamente el castillo fue severamente dañado por un incendio. El espíritu de resiliencia del pueblo ryukyuano, ha hecho que se esté reconstruyendo con firmeza, como prueba de que su cultura sigue viva.
En este largo viaje - para mí corto- en el que voy visitando decenas de maravillas y países de los dos deberíamos aprender, escucho noticias de tambores de guerra, voces que afirman que un nuevo orden es inevitable y necesario, que no sirven las organizaciones de paz surgidas como consecuencia de la enorme destrucción que supusieron las guerras mundiales (en realidad una sola guerra, que comenzó en 1915 y terminó en 1945), que ahora debemos construir un nuevo orden internacional porque el actual ya no funciona, que, que … que nos hemos cansado de la paz y necesitamos la adrenalina guerrera de nuestro ADN.
En medio de este totum revolutum de caldo de cultivo tóxico, de insultos, descalificaciones, noticias que degradan, desprestigian, difaman al otro, historias de destrucción, ansias guerreras, necesidades colectivas de que la paz estalle por los aires y nos renovemos, en medio de mi viaje he conocido a un ser de luz.
A veces aparecen en nuestras vidas. Se cuelan por rendijas insospechadas seres fundamentalmente buenos. Cuando ya pensamos que nada puede tocarnos y nada nuevo y bueno puede entrar en nuestro espacio, aparece la sorpresa, y encontramos personas que quieren ser útiles a los demás. Me viene Machado a la memoria (Mi infancia son recuerdos…):
Soy, en el buen sentido
de la palabra, bueno.
Y esta persona menuda, ágil, nerviosa, que se ríe de sí misma y nunca de los demás, - a la que yo llamo polvorilla-, es un ser bueno, un ser de luz. Es la alegría de todo el barco, todo el mundo la conoce. Habla con todos, en cualquier idioma, muy rápido, nerviosamente. Es posible que nadie entienda sus palabras, pero todos entendemos su mensaje. Va de flor en flor como una mariposa. Nunca se sabe dónde está, pero en algún momento del día, todos la hemos visto. Nadie la ignora, todos la queremos. Es mejor que el paracetamol y los opioides, es al antitóxico genérico, un ángel para la vida.
Si ella dirigiese países, definitivamente, no escucharíamos tambores cercanos de guerra.