El liberal anónimo

Policía, CGPJ y el Juez Peinado. Tres caminos y una sola crisis moral

He vivido en cuarteles y he conocido de todo, incluso agentes infamantes, indignos, serviles, esclavos de cualquier mandato. Por eso me sorprende que, cuando el juez Peinado escribe que un escolta puede obedecer órdenes impropias, se desate un vendaval de indignaciones. Los que hemos estado dentro sabemos bien que esos enojados solamente están rabiados, no defienden la verdad, solamente resisten en su pequeño feudo ideológico No debería escandalizar a nadie que los agentes obedezcan órdenes. Durante la pandemia vimos a algunos asaltar viviendas sin orden judicial, amparados en aquel “me lo ordenaron” ¡Quién lo hubiera imaginado!

Pero vayamos a los hechos, que son obstinados. Ahí está el Caso Faisán, donde mandos policiales —siempre tan obedientes— dieron un chivatazo a los terroristas de ETA, avisando al recaudador Joseba Elosua para que huyera. Todavía estoy esperando ver a esos sindicatos policiales rasgarse las vestiduras. Quizá estén discurriendo cómo repetir aquel “me lo mandaron”. Tampoco se escuchó nada cuando el comisario Villarejo, paradigma de la obediencia, comerciaba con secretos. Ni tampoco cuando ciertos mandos de la Guardia Civil pactaban con cárteles del narcotráfico, facilitando desembarcos o vendiendo información. ¿Dónde estaban los sindicatos cuando los agentes avisaban a investigados en tramas, o cuando no supieron detener a Puigdemont, quien huyó con la colaboración de algunos escoltas? 

Recordemos también los destinos diplomáticos conseguidos por la gracia de Koldo. Este señor colocaba guardias civiles en embajadas, ¡simples pagos! En Cuba, Colombia o Estados Unidos, siempre había un puesto para el amigo adecuado. Entretanto, algunos mandos —según las investigaciones— le filtraban información sensible. ¡Es admirable la obediencia ciega! Y no olvidemos tampoco aquel episodio de la embajada de México en Bolivia, donde diplomáticos españoles y agentes GEO fueron acusados de intentar auxiliar la salida de un investigado en un vehículo diplomático. Es cierto que no hubo condenas, pero sí un escándalo internacional que dejó en evidencia esa elasticidad moral de algunos servidores del Estado. De nuevo aquel, ¡me lo ordenaron! 

Y ahora, más recientemente, el caso Leire, donde la Directora General de la Guardia Civil aparece y desaparece entre sospechas de favores y silencios. La historia siempre se repite. Pero curiosamente, ninguno de estos episodios provocó la furia de los sindicatos policiales. Aquellos que callaron y miraron a otro lado, hoy se rasgan las vestiduras. Son los hooligans de la obediencia, los que siempre saben quién manda pero nunca recuerdan quién ordenó. ¿Dónde están quienes recibieron a Delcy en Barajas? ¿Ignoran que quien tiene conocimiento de la comisión de un delito tiene obligación de denunciarlo?

Más inquietante es ver cómo algunas instituciones se inclinan al acatamiento. El CGPJ se ha reunido de urgencia un domingo —cosa nunca vista— para valorar reprender a un magistrado por el contenido de una resolución. Algunos medios lo atribuyen a presiones de Marlaska y Bolaños, aunque no faltan quienes señalan la sombra del enigmático «The one», también conocido por las iniciales «P.S.». Una sospecha verosímil que bastaría para medir la hondura del deterioro.

Frente a todo este panorama, la figura del juez Peinado se alza seria y digna. Ha obrado con plena autonomía y criterio propio, con la serenidad de quien sabe que la justicia no puede rendirse al lloriqueo de quienes sólo defienden sus tesis cuando les conviene. Podrán discutir su resolución, pero es suya y legítima, lo que en estos tiempos de servidumbres es un gesto de entereza. La obediencia sin conciencia es el germen de todas las decadencias. Aquella dignidad de un servicio nacido para vocación y ética ha sido ennegrecida en muchas ocasiones por policías, guardias civiles y altos mandos —desde el caso Faisán hasta los narcos, desde Comisarios millonarios hasta filtradores de investigaciones, desde las Embajadas hasta los enchufes diplomáticos—.

Siempre supe, con o sin uniforme, que lo correcto no se sostiene en la sumisión, sino en la rectitud y la moral, por eso me honra ver a un juez que actúa con independencia. El resto, lo menos que deberíamos hacer, es guardar un respetuoso silencio en lugar de lanzar improperios dictados por unos sucios intereses que todos conocemos, pero que pocos se atreven a nombrar.