El placer de ser diferente
Siempre, todo es susceptible de empeorar. —Dicho popular
Ser diferente es un deporte de riesgo. Lo que vestimos o pensamos es nuestro uniforme, el mismo que usamos a guisa de disfraz de la libertad. Ser distinto hoy en día es algo arriesgado, pero no lo digo porque lo discordante sea un defecto —que ojalá lo fuera porque así, al menos, tendría prestigio— sino porque exige valentía. Así ocurre que, atreverse a pensar por cuenta propia se toma como algo extravagante. Parece que todo el mundo puede opinar sobre los pensamientos ajenos y rápidamente se convierte en un hilo de comentarios en redes sociales.
La mayoría siempre se deja guiar por el qué dirán. Es la marea de las modas instantáneas que duran lo que un pollo delante de un león. Hoy son góticos, mañana Therian y pasado nobles renacentistas de mercadillo de baratijas. Todos buscan convencerse de ser únicos. A veces pienso que buscan un refugio en sus disfraces, aunque lo paradójico de todo es que jamás hubo tanta gente empeñada en ser distinta y tan poca realmente dispuesta a serlo.
Lo auténtico no es declararse «diferente» en redes sociales, ni tampoco disfrazarse por la calle. Ser auténtico es cultivarse y ser crítico bajo el prisma del conocimiento, atreverse a debatir sin miedo, pero con ideas firmes y propias. Pero eso nace en la conducta. El respeto a nuestros mayores es una cualidad. También está la lealtad hacia aquellos —a quienes quieres de verdad—, o tender la mano a quien lo necesita. La perfecta autenticidad hay que saber ejercerla y, además, hacerlo en silencio, sin focos ni anuncios.
Hay algunas personas que son como las llamadas tierras raras, que son esas que no son escasas pero sí difíciles de encontrar en su estado más puro. Surgen mezcladas con el común, aunque en ocasiones están diluidas entre los que se autoproclaman «auténticos». Sin duda, hoy día, encontrar a alguien genuino y sin adulterar es como encontrar un diamante tallado dentro de un cráter. Requiere paciencia, mucha suerte y, sin duda, abundante fe.
Sin embargo, cuando aparece alguien diferente y auténtico, se nota. Se distingue en sus gestos, en decisiones, en su mirada, pero sobre todo en sus actos. No buscan recompensa. Y es hermosísimo toparse con alguien así porque inspira al resto y deja una hermosa huella sin necesidad de firmarla. No me cabe duda de que ser diferente es una delicia reservada a quienes prefieren antes la verdad y la conciencia, que el aplauso fácil. Es un lujo íntimo, casi diría que clandestino, de esos que caminan por su sendero aunque la multitud les señale. Y además lo hacen con total seguridad.
El mundo y la gente busca uniformarnos, vestir por igual a góticos, frikis, renacentistas y hasta a los nobles de pacotilla. Parecen no querer saber que siempre estará quien, con elegante terquedad, continúe siendo él. Tal vez —él solo— no pueda cambiar el mundo, pero sabe bien que como en las tierras raras, sostendrá discretamente la estructura de lo que verdaderamente importa.