El liberal anónimo

La persecución de los cristianos y la conciencia de los hombres

Hay ocasiones en que parece que la conciencia humana duerme, aunque no sé si por simple sopor o por cobardía. También da la impresión de que ese sueño se extiende sobre las naciones. Sucede que en este mismo instante, ahora, en algún rincón olvidado del mundo hay hombres, mujeres y niños, de carne y espíritu, que están siendo sacrificados por la osadía de creer y tener fe. Uno de estos rincones se llama Nigeria. Miles de cristianos —pobres, humildes e indefensos— están siendo perseguidos, acorralados y asesinados por grupos extremistas islamistas. Son responsables de tantas y tan graves atrocidades que hacen estremecer la dignidad humana. Cientos de iglesias están siendo reducidas a cenizas, aldeas enteras deshabitadas por miedo y terror, familias que huyen sin nada mientras rezan y los templos arden como antorchas.

Los cristianos nigerianos han lanzado un clamor tan desgarrador que atraviesa el mismísimo aire. Piden auxilio y amparo, ruegan al mundo que despierte antes de que el exterminio se consume. Pero Europa, como es costumbre, sigue ensimismada en sus naderías. En Bruselas continúan mirando al cielo, esperando el eclipse solar. Los políticos siguen entretenidos en discusiones pueriles y en administrar sus propias vanidades. Parece que hemos olvidado que la vida humana es un voto que exige defensa y que actuar con indiferencia es complicidad.

Entretanto, cada día llegan jóvenes en barcazas frágiles, mezclas de mil procedencias. Nadie sabe quiénes son, ni de qué lado de la tragedia vienen. No se conoce si huyen del fanatismo o si lo traen consigo. Europa, que siempre se preció de discernir y proteger, ahora se limita a recibir sin preguntar. Y en ese desconcierto es donde se pierde la obligación moral de distinguir el bien del mal y a la víctima del verdugo.

Sin embargo, Nigeria no es la única tierra donde la sangre cristiana se derrama en silencio. En Irak y Siria el extremismo ha devastado comunidades enteras, en Pakistán la blasfemia se ha convertido en sentencia, en la India el sectarismo incendia aldeas y en Eritrea los templos son clausurados y los fieles encarcelados. Todos estos lugares comparten un mismo hilo, la persecución sistemática de quienes, desde hace dos mil años, sostienen su esperanza en la cruz.

Y mientras nosotros aquí seguimos, en la vieja Europa, dilapidando millones en subvenciones destinadas a frivolidades y alimentando proyectos vacíos que sirven para financiar caprichos ideológicos. Nadie habla de esta desgracia, ni siquiera se menciona en los parlamentos. Todos callan refugiándose en su cobardía.

Desde Leónidas hasta los mártires de Roma, desde los defensores de Viena hasta los misioneros que murieron en África, todos entendieron que la fortaleza reside en defender al más débil, porque sabían bien que tanto la ética como la moral, son un deber. Así que hoy, en este instante, cuando miles de inocentes claman por un auxilio, algunos nos preguntamos donde están aquellos hombres. 

Europa corre el riesgo de desaparecer como civilización para convertirse en una simple sombra, porque la decadencia no comienza cuando los bárbaros asaltan los pueblos sino cuando los guardianes abandonan sus obligaciones. La vida humana no es negociable y la indiferencia es la más vil de las cobardías, por eso es hora de reaccionar, y no olvidemos que si no somos capaces de levantar la voz por los perseguidos y más débiles, ¿qué facultad tendremos mañana para pedir que otros nos ayuden?