Perdón, México lindo y querido, por las molestias históricas
A veces la historia se nos aparece como un vecino que llama a la puerta para recordarnos algo que no sabíamos que debíamos. Uno está leyendo a Humboldt - ese prusiano incansable que recorrió la Nueva España con la curiosidad de un niño y la precisión de un relojero - y de pronto recuerda que la presidenta de México pidió a España que se disculpara por el descubrimiento y la conquista. Y claro, uno piensa: quizá sí, quizá deberíamos pedir perdón. Pero no un perdón solemne, de esos que se pronuncian con banda y micrófono. No. Un perdón doméstico, casi de cocina, como quien dice “perdona, se me olvidó comprar pan”.
Humboldt, que no trabajaba para Estados Unidos ni para ninguna potencia oculta, escribió que la Ciudad de México era una de las urbes más avanzadas del continente. Habló de la Escuela de Minas, del Jardín Botánico, de la Academia de Nobles Artes. De calles empedradas, cafés, teatros, periódicos. Una capital virreinal vibrante, compleja, llena de contrastes. Ni paraíso ni infierno: simplemente una ciudad viva.
Y aquí es donde me entran ganas de pedir perdón.
Perdón por haber construido instituciones que asombraron a los viajeros.
Perdón por haber mezclado lenguas, panes, músicas y apellidos hasta que ya no hubo forma de separarlos.
Perdón por haber dejado, entre errores y violencias - que también existieron -, un legado que hoy forma parte de la identidad de millones de personas.
Perdón, incluso, por no haber sido perfectos. Nadie lo ha sido nunca.
La historia de América es demasiado mestiza para convertirla en una reclamación administrativa. Las independencias no fueron unánimes, la conquista no fue un bloque, los pueblos indígenas no pensaban todos igual, y España no fue ni ángel ni demonio. Fue, como todo imperio, humana: contradictoria, ambiciosa, creativa, injusta, generosa, violenta, curiosa. Un mosaico, no un eslogan.
Así que sí, presidenta: si hace falta pedir perdón, yo lo pido.
Perdón por existir en una historia compartida que ya no pertenece a reyes ni virreyes, sino a la memoria de todos.
Perdón por no encajar en relatos simples.
Y perdón, sobre todo, por seguir creyendo que la historia no está para dividirnos, sino para entendernos un poco mejor.