Piedradura

Pensar en literatura

Estoy a punto de cumplir cuarenta años escribiendo. Lo digo y todavía me sorprende. Cuarenta años no pasan sin dejar rastro. En algún momento uno se da cuenta de que ha recorrido un camino demasiado largo como para regresar con facilidad.

Todo comenzó en Barahona, un pueblo al sur del país. Allí estudié en el Colegio Divina Pastora. Una monja española, Sor Angélica Paz, tenía la costumbre de pedirnos algo que entonces parecía un ejercicio escolar sin mayor importancia: escribir viajes imaginarios.

Yo era apenas un muchacho. Escribía sin pensar demasiado. Inventaba mares, ciudades remotas, puertos que jamás había visto. Lo hacía porque ella lo pedía y porque había algo agradable en ese acto silencioso de llenar una página. No había ambición literaria. Ni siquiera curiosidad por el oficio.

Con los años comprendí que aquella monja estaba sembrando algo más profundo. Sin proponérselo, había inoculado un virus. El virus de Cervantes. Esa forma peculiar de locura que consiste en mirar la vida y sentir la necesidad de escribirla.

Muchos creen que escribir es sencillo. Imaginar, sentarse frente a una página y dejar que las palabras caigan hasta que aparece el punto final. La realidad es distinta. Escribir termina siendo una manera de vivir que poco a poco desplaza otras cosas.

La vida literaria consume tiempo. Un tiempo que casi siempre se roba a las noches. Cuando la casa duerme, el escritor permanece despierto. No siempre por disciplina. A veces es algo más inquietante. Una frase incompleta insiste. Una idea regresa una y otra vez. El sueño se interrumpe y uno termina sentado frente a la página, tratando de capturar algo que todavía no existe.

El insomnio se vuelve un aliado involuntario.

También exige una forma particular de soledad. No la soledad dramática de las novelas. Es una soledad tranquila, casi doméstica. Una mesa, una lámpara, un ventilador que gira lentamente. La casa tomada por el silencio. La mujer dormida. Y uno allí, luchando con palabras que aún no encuentran su lugar.

Porque escribir es una forma de combate.

El escritor interroga constantemente. Interroga la realidad, las costumbres, el poder, incluso sus propias certezas. Cuando hay honestidad intelectual, la escritura rara vez resulta cómoda. No confirma lo que todos creen. Lo pone en duda. Y esa duda constante crea una distancia leve entre el escritor y la tranquilidad de la vida cotidiana.

No es un gesto heroico. Es más bien una consecuencia.

Escribir como oficio significa pasar muchas horas con uno mismo. Horas corrigiendo frases, cambiando palabras, destruyendo páginas enteras que parecían correctas la noche anterior. Mientras tanto el mundo continúa su curso. La gente vive, trabaja, conversa. Y uno permanece frente a una página intentando que diga algo verdadero.

En ese proceso también aparece la fragilidad. Los escritores vivimos rodeados de vidas prestadas. Cada libro leído deja una marca. Cada historia abre una pequeña grieta en la propia experiencia. Esa acumulación de voces termina haciendo al escritor más vulnerable de lo que suele admitir.

Tal vez por eso escribir nunca es completamente cómodo.

Al final todo concluye en un punto final. Pero llegar hasta allí no es simple. Hay cansancio, dudas, páginas que fracasan antes de nacer. Sin embargo, se continúa escribiendo.

Quizá porque aquel virus que comenzó en un aula del sur en Barahona nunca desapareció. O quizá porque, después de tantos años, uno descubre algo más sencillo e inevitable.

Escribir nunca fue una elección. Fue simplemente una forma de seguir viviendo.