Un gallego en la galaxia

Parábola del vaquero fantasma

Sabido es que los muertos vuelven al lugar de sus desdichas, a aquellos puntos del mapa a los que ineluctablemente les conduce el eterno retorno del recuerdo con la esperanza de recomponer los retazos desperdigados de su nebulosa personalidad. El pasado, decía Octavio Paz, es un agua que no acaba de pasar, y mucho más en este páramo donde el viento se entretiene haciendo remolinos en el polvo y rodando cardos sin raíces para distraerse de su eterna soledad. La banda sonora la componen el silbido del viento en los aleros y el chirriar de las veletas oxidadas del típico pueblo abandonado del Lejano Oeste. De vez en cuando el silencio se ve interrumpido por el grito de un águila o el aullido de un coyote en la distancia. En esa desolación esteparia aparece nuestro hombre, con su sombrero, su pistola y sus espuelas, vigilado desde lo alto por los buitres que siempre le acompañan, condenado a revivir su propia historia una y otra vez, a la misma hora, en el mismo sitio y con el mismo desenlace sin fin.

El pueblo fantasma recupera el trajín acostumbrado de la gente con sus caballos y carretas, sus tiendas y almacenes, su barbería y su cantina, su cárcel y su banco, su predicador y su lupanar. El hombre había probado fortuna en la compraventa de terrenos y luego montando su propio casino, que acabó dando en quiebra. Se vanagloriaba de sus triunfos en el mundo de los negocios, pero en realidad vivía del cuento. Como timaba a sus inversores y no pagaba impuestos, tuvo que sentarse más de una vez en el banquillo. Como no podía dejar de ser lo que era, se alió con los oligarcas del pueblo y con el predicador evangelista, quienes se aseguraron de que saliera elegido sheriff. Les prometió que bajo su mandato todos iban a ganar tanto que no sabrían qué hacer con su riqueza. El oro fluiría por las calles y las chabolas de madera se convertirían automáticamente en mansiones palaciegas. Y para afianzar su posición decidió explotar el racismo instintivo de los colonos para expropiar y deportar a los indios y a los mejicanos del territorio. Tuvo, no obstante, que superar una serie de escándalos, entre ellos el haber cometido adulterio con una de las pupilas del burdel, cuyo silencio intentó comprar con un chanchullo financiero que le valió una condena por falsificación documental. Pero como la ley era él y contaba con toda una milicia de forajidos a sus órdenes, nadie se atrevía a llevarle la contraria. Él era el rey del páramo y, aunque no creía en nada, su palabra iba a misa.

Al rato su régimen autócrata acabó hundiendo la economía y el orden público, depresión que remató la desertificación del cambio climático, del que era un negacionista. Uno por uno se fue todo el mundo, incluidos el predicador enjuto, al que nuestro héroe le había vendido la biblia, y las meretrices, cuyo cancán y risas atrevidas seguían resonando entre las mesas vacías del salón. Y un buen día, entrando desesperado en la cantina para tomarse el último trago de tequila, viéndose en el espejo detrás del mostrador se dio cuenta de que se había convertido en el perdedor que siempre había despreciado y temido ser y, desenvainando, vació el cargador hasta hacer añicos su imagen que, como era lo único que le quedaba, lo devolvió nuevamente a la nada de la que estaba condenado a regresar para repetir la misma escena una y otra vez.  

Moraleja posible: todo hombre es cifra de su propia memoria, en cuyo laberinto cree reconocerse como el hilo conductor de una serie episódica de sucesos. Recuerda, piensa, luego existe. Lo que suscita la sospecha de que el pensador es la proyección del pensamiento y no al revés, como el soñador que figura en su propio sueño. Pero el yo de la memoria, o sea la personalidad condicionada, es pura reiteración periódica. De ahí que el vaquero se encuentre repetidamente en el espejo de su ayer, del que no saldrá hasta que deje de identificarse con su propia imagen, cosa poco probable dado su narcisismo endémico. A menos que su sueño acabe en ruinas, con lo cual se llevará consigo al soñador. Aunque puede que éste sea un aparecido…