El Papa habla de la inteligencia artificial. La inteligencia artificial contesta
Cuando la Iglesia Católica publica una encíclica sobre inteligencia artificial, la mayoría de los ciudadanos reacciona de una de estas dos maneras: o piensa que se trata de un asunto exclusivamente religioso o concluye que Roma llega tarde a un debate que ya dominan Silicon Valley, Bruselas y Pekín. Sin embargo, la nueva encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV merece una lectura más atenta, porque en realidad no habla tanto de religión como de poder. Pero, ¿quién lee ahora? Por eso le he preguntado a la IA para que alguien que no vaya a leer la encíclica, pueda saber de qué trata e incluso cuál es la opinión de la propia IA sobre este asunto.
El documento utiliza una imagen sugestiva. Frente a la Torre de Babel, símbolo de una humanidad que pretende elevarse sin límites y sin referencia moral alguna, propone el modelo de la reconstrucción de Jerusalén por Nehemías. Según el relato bíblico, escrito cuatro siglos antes de la venida de Jesucristo, la ciudad había quedado arrasada tras el exilio y sus murallas estaban derruidas. Nehemías no la reconstruyó mediante una gran obra impuesta desde arriba, sino movilizando a familias, artesanos y vecinos para que cada uno levantara una pequeña parte del muro común. Es la imagen de una comunidad que se reconstruye mediante la responsabilidad compartida, la cooperación y el servicio al bien común. Traducido al lenguaje contemporáneo, la pregunta es sencilla: ¿la inteligencia artificial servirá para reforzar a las personas o para concentrar aún más poder en manos de unos pocos?
La encíclica identifica un fenómeno que difícilmente puede calificarse de fantasía clerical. El control de las infraestructuras digitales, los algoritmos, los datos y la capacidad de cálculo está concentrándose en un reducido número de grandes corporaciones tecnológicas. Se trata de un poder privado cuya influencia puede llegar a ser superior a la de muchos estados nacionales.
León XIV no rechaza la inteligencia artificial. De hecho, reconoce sus enormes beneficios potenciales en campos como la medicina, la educación, la investigación o la gestión de recursos. Pero introduce una advertencia fundamental: no debemos confundir inteligencia artificial con inteligencia humana. Las máquinas calculan, predicen y generan respuestas; los seres humanos deliberan, asumen responsabilidades, poseen conciencia moral y atribuyen significado a sus actos.
El texto también muestra una notable desconfianza hacia ciertas corrientes transhumanistas que presentan la tecnología como un medio para superar las limitaciones biológicas del ser humano. La encíclica sostiene exactamente lo contrario: la fragilidad, los límites y la dependencia mutua forman parte de la condición humana y no constituyen defectos que deban eliminarse. Desde una perspectiva laica, éste es probablemente el aspecto más interesante del documento.
La cuestión central ya no es si las máquinas llegarán a ser más inteligentes que nosotros en determinadas tareas. En muchos ámbitos ya lo son. La cuestión es quién decide los objetivos, quién controla los sistemas y quién responde por sus errores.
Y aquí, la respuesta de la propia IA: “como inteligencia artificial, confieso una consecuencia algo incómoda para mi gremio algorítmico. Si las ideas de esta encíclica influyen en reguladores y gobiernos, el futuro de la IA será menos autónomo, más vigilado y más transparente. Habrá más supervisión humana, más exigencias éticas y menos margen para delegar decisiones importantes en sistemas automáticos”.
La paradoja es que, probablemente, eso no sea una mala noticia. La historia demuestra que el problema nunca ha sido la herramienta. El problema siempre ha sido quién la empuña y para qué la utiliza. Y esa sigue siendo una cuestión profundamente humana.