Disquisiciones

El pabilo que apaga el tiempo

El parque está verde como fueron sus ilusiones y aunque nunca lo mencionó, gusta de ese color que da aroma a nuestra existencia. Con el paso por los años está lúcido, y quienes dudan de su vitalidad ojalá tuvieran sus pasos de lucha y persistencia.   

Está tranquilo con el kilometraje recorrido entre amorosos recuerdos primaverales, veranos de incomprensión, otoños de lucha, y crudos inviernos de tristeza con alguna estación agridulce remendada ante sus debilidades y flaquezas.

Ahora que se detiene en la banca de siempre, piensa en su prole y las raíces, el momento en que entendió con la vida de sus hijos, las maravillas del inventario inicial de la concepción humana y los 800.000 millones de células que empiezan a trabajar en completa armonía; el cerebro con los 13.000 millones de neuronas; en los ojos 100 millones de receptores que permiten la magia de los colores, la luz y la bondad de la naturaleza; los 24.000 millones de filamentos que vibran con el viento, la sonrisa de los niños, las suaves melodías que acarician el oído, el trepitar de las aguas espumantes y las dulces carcajadas de la alegría; los 600 músculos, 206 huesos y 7.000 nervios sincronizados para actuar; el torrente sanguíneo de apenas 4 litros; el corazón con 36 millones de latidos por año, que equivalen a impulsar la sangre por 100.000 kilómetros de venas y arterias que llevan más de 2 millones de litros de sangre al año; los 22 millones de células, la cantidad de moléculas en cada una de éstas, y en ellas un átomo que oscila más de 10 millones de veces por segundo; el cerebro con 4 millones de estructuras sensibles al dolor, 500.000 detectores táctiles y 200.000 detectores de temperatura; los pulmones con 600 millones de alvéolos que permiten respirar vida. Y de esta manera, desde las primeras expresiones del sistema sensorial, pensar, que comienza el aprendizaje especialmente a través de los sentidos.

Después de esa maravillosa secuencia, pasa por su memoria el    crecimiento familiar, hasta cuando vio volar a cada uno para emprender su propia ruta de vuelo. 

Ya no son especulaciones, en verdad el tiempo en el reloj lo tiene realmente viejo. Pero aún así, encuentra que no está tan solo como cree: tiene los ojos de la verdad que deja el transcurrir de la existencia humana. Habla frecuentemente y se responde con la voz de sus palabras. Las manos se saludan muchas veces para darse calor. Aunque quisiera un poco más de rapidez, valora los pies que lo llevan a dar una vuelta cuando quiere.  Tiene como compañía el forro de sus huesos, y está seguro de manejar su mente. 

Sin embargo, asoma la nostalgia de esa mano cariñosa de la mujer que lo acompañó siempre, y se levanta del lugar con su carga de pensamientos para retornar a la residencia.     

La vejez, tema que ilumina los recuerdos y el pabilo de los años que el tiempo apaga…