El orgullo de un rey
El valor se encuentra en los lugares más insospechados (J.R.R. Tolkien)
La Plaza de Oriente de Madrid y sus zonas aledañas constituyen el marco del recuerdo eterno a aquéllos míticos monarcas que forjaron una gran España. Muchos de ellos participaron en batallas y protagonizaron episodios de auténtica leyenda, construyendo personalidades muy marcadas. Algunos de esos grandes reyes tuvieron tal impronta personal durante sus mandatos que las propias efigies en piedra han conservado el rictus solemne de quienes, por el mucho bien que en su tiempo hicieron, se ganaron el cariño y respeto de las gentes de sus antiguos reinos.
Entre todos ellos, hay uno que destaca por su compostura: el rey Ordoño II de León. Este monarca, enterrado en la catedral de su tierra y que ha dado nombre a la calle principal de la capital, cuenta con una estatua en Madrid de singular belleza. Caminando por el que llamo "el paseo de los reyes" me detuve a contemplar su efigie. Me fijé en su postura, en sus ojos orientados en dirección opuesta al palacio -quizá intencionadamente, pensé... ¿el rey mira hacia su hogar? - y seguí mi camino. Otro día, ya de noche, me encontraba transitando por aquella agradable zona, y tuve ganas de volver a ver a nuestro rey. Lo que observé todavía me tiene impresionado.
El querido monarca ya no miraba en la dirección hacia donde antes lo hacía. Su cabeza se encontraba ligeramente girada hacia el palacio. Tuve cierto miedo, pero también orgullo. Supe que los leoneses tienen un rey en Madrid que no les olvida, recio y bueno de corazón que, en una época de oscuridad, desde el infinito volvería al trono para luchar por sus intereses.