¡Oh mi linda La Paz!
¡Hágase la luz! Y desde entonces, después de crear Dios al hombre y a la mujer, el mundo mostró su belleza iluminada por la luz.
Así, quiero comentarle al pueblo paceño que, un 15 de julio de 1888, La Paz celebraba la inauguración oficial del alumbrado eléctrico público y domiciliario, desplazando al alumbrado a gas y de sebo que estuvo a cargo unas veces, y por temporadas, de la Municipalidad, y otras veces, a cargo de empresas particulares. Por las noches, en los días de fiesta, La Plaza Principal era profusamente iluminada con luz de sebo o kerosene. Pero ¿cuál era la creencia popular antes de que La Paz abandonara el alumbrado a gas y sebo? Si bien las clases sociales, y sin instrucción, del viejo Continente sintieron un horrible temor cuando la luz eléctrica reemplazó las antiguas farolas del alumbrado público; esta casta identificada en aquél entonces como “bajo pueblo” aseguraba que la luz de las bombillas eléctricas (focos) significaban una agresión a la luna y, por tanto, un invento de Satanás para que los habitantes vieran cosas que debían mantenerse ocultas y entre tinieblas. En nuestra urbe paceña, estos argumentos fueron un asidero para los vendedores de cirios, velas y sebo, arguyendo que la diosa luna, sintiéndose amenazada, protegería su ajayu propiciando un eclipse lunar. Ante tremenda sentencia, y defendiendo sus intereses, el gremio de los productores de cirios dispuso atacar la “fábrica de la luz”; amenaza que ofendió sobremanera, tanto a la prensa como a la ciudadanía, condenando públicamente tremenda y salvaje reacción de un “populacho” ignorante de las ventajas y adelantos que traería la luz eléctrica a la Villa de Nuestra Señora de La Paz de Ayacucho como sucedía en otras ciudades del mundo, por lo que pidieron a las autoridades castigar severamente a los plebeyos fanáticos, incluyendo a los sacerdotes que alentaban los temores de las masas inconscientes, salvaguardando las ganancias que les producía la venta de cirios en fervor de vírgenes y santos y, por ende, obstaculizando la visibilidad de los hermosos valles paceños que ovillan con sus ríos mil hilos de plata, o visualizar el verde y escarlata de sus collados y prados, impidiendo también el contemplar por las noches ese su cielo de límpido azul, cuajado de estrellas escoltadas por el alumbrado de la ciudad de Nuestra Señora de La Paz …
Leyendo prensa de aquél entonces, como El Comercio y El Imparcial, puedo resumirles más de lo que sucedió en Chuquiago Marca (La Paz), poco antes y después de la inauguración de los servicios de alumbrado público, así como domiciliario:
Anteriormente, por decir unos diecisiete años previos a 1888, la iluminación a gas, que por más tiempo suministró este servicio a la ciudad de La Paz de Ayacucho, fue la de la empresa conformada en 1871 por los señores Gaspar Solá, Ricardo Ballivián, Carlos Compte y José Cornejo. En su libro “guía del Viajero” Don Nicolás Acosta declara que el capital de la empresa era de cien mil bolivianos -una respetable suma de dinero de aquél entonces- y que a pesar de que afrontaron varios inconvenientes al inicio, a fuerza de perseverancia y arduo trabajo les fue posible suministrar luz a gas de calidad. Tal fue el impacto de este emprendimiento ante la ciudadanía, que convirtieron el lugar en un sitio de esparcimiento y paseo dominical. Respecto a esto, Don Nicolás Acosta manifestó: “El establecimiento es de primera clase y se ha hecho lugar de paseo una cuadra debajo del Prado”. Es muy posible que ese establecimiento de alumbrado a gas haya estado ubicado en lo que ahora es la Universidad Mayor de San Andrés, según figura en un plano de 1892.
Así, un doce de enero de 1888 el Honorable Congreso Municipal resolvió lanzar una convocatoria para que los interesados en atender temporalmente el suministro de alumbrado a gas, hicieran sus propuestas, dado que la luz eléctrica estaba prevista para dentro de unos meses.
Mientras el sistema de alumbrado público a gas agonizaba, se constituía una sociedad para establecer y explotar el alumbrado eléctrico. La empresa que durante las fiestas julianas de 1888 inauguró el alumbrado eléctrico en La Paz estuvo dirigida por una Sociedad Colectiva que, según anunciado en El Comercio, se constituyó en marzo de 1888; lo que significaría que, el señor Granier, organizador de la empresa que un año antes firmó un contrato para explotar el alumbrado por electricidad, por motivos de fuerza mayor, disolvió su empresa antes de cumplir su propósito como resultado del incendio que, cumpliendo amenazas certeras, sufrieran las instalaciones de la fábrica de luz por parte de los enemigos de la luz eléctrica.
Pero, y a pesar de estos inconvenientes, después de tres distintos ensayos de emisión eléctrica, la mueva fábrica de luz consolidada por los señores Farfán y Clavijo en junio 1888, habiendo traído la maquinaria desde Norte América, suministraba tres clases de luz: luz de arco para alumbrar las Plazas, Incandescente para el alumbrado nacional en general, y una tercera para el alumbrado particular. La fábrica estaba situada en Challapata con maquinaría que funcionaba a vapor además de un motor hidráulico y contaba con oficinas administrativas en la calle Ayacucho. Se sabe que, el 4 de julio de 1888, días antes de la inauguración oficial a la llegada de la luz eléctrica a La Paz, con salvas y la iluminación eléctrica de edificios públicos y de la Plaza, (como era costumbre de la época) se celebró el cumpleaños del entonces Presidente de la República Don Gregorio Pacheco, ciudadano respetado y querido por su desprendimiento y las muchas obras sociales que realizó con su propio patrimonio durante su mandato hasta entregar el poder a manos de Don Aniceto Arze.
Y así, dando cumplimiento a un mandato divino: Se dotó de luz a La Paz, una luz que nos permite ver sus múltiples albores: desde la ciudad del Alto hasta el Sur y Río Abajo, subiendo la pendiente hasta Llojeta, o degustando la noche en Villa Fátima. Una luz eléctrica que hoy festeja con sus habitantes el carnaval, desfiles patrios o fiestas del Gran Poder, haciendo el territorio paceño de quien lo habita y nombra su amante propietario. Una luz eléctrica testigo de nuestra historia y que hoy ilumina edificios emblemáticos como el Palacio quemado, el Congreso, la Prefectura y nuestra Catedral. Una luz eléctrica testigo de incontables hazañas, centinela de acogida para itinerantes y locales, mitigándoles esa sed que arrebuja el caudaloso manantial que ilumina los caminos y que generosamente acullica en confraternidad con peregrinos y citadinos.
Desde mi estar, hoy, te agasajo mi ciudad pujante y maravillosa. A la espera y colmada mi ansiedad en mirada vaga, me cobijo bajo tu luz mi amada urbe paceña…
La Paz; de quien se marcha y te abandona sempiterno el calvario, siendo contigo el reencuentro mi ansiado momento de retornar a ser con tu tierra sólo uno. FELIZ ANIVERSARIO