Entre la ley y la honestidad

Un nuevo rugir del Etna

Etna

“Para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder detenga al poder.”

Montesquieu

Hay momentos en los que pareciera que la naturaleza habla. O que incluso grita enfurecida. Así ha ocurrido hace escasos días con el volcán ubicado en el monte Etna, en Sicilia. Hay una sensación colectiva de respeto, de temor, cada vez que el Etna vuelve a ser actualidad, como si en el fuero interno de la humanidad algo estuviera latente desde tiempo inmemorial que identifica la actividad de este volcán con un peligro que va más allá de lo propiamente físico. Una llamada de atención de una proyección superior a la propia explosión de fuego, roca y lava.

En efecto: la memoria colectiva, el subconsciente, identifica al Etna con un antiguo relato de poder y de derrota. Con una guerra de inmensas fuerzas encontradas. Tras el mítico enfrentamiento entre los titanes y los dioses, Tifón fue creado por la Tierra como un monstruo cuya altura le hacía llegar hasta las estrellas, con cientos de cabezas de dragón, con ojos emisores de fuego y cuerpo alado. Un ser imbatible y terrorífico. Su nacimiento tuvo un único fin: arrebatarle el dominio del mundo a los despóticos dioses, que ante él huyeron despavoridos; todos menos uno: Zeus, quien consiguió despistar a Tifón y lanzar sobre él una montaña, el monte Etna, quedando encerrado debajo para toda la eternidad. Cuando Tifón ruge desde el fondo del abismo que el monte cubre, las erupciones, la lava ardiente, los vapores materializados no son sino los efluvios del propio monstruo haciendo esfuerzos enormes por salir a la superficie y asolarlo todo.

Son fechas en las que el Etna vuelve a resonar y recuerda esa historia -no tan legendaria, pues en todo mito hay siempre un poso de verdad sobre la condición humana- en la que quien gobernaba sobre los hombres empleó sus recursos no para el bien colectivo, sino para hundir bajo las montañas, para hacer desaparecer de hecho, a aquel cuyo poder podría frenarle, limitarle, contenerle, actuando, así, como un genuino contrapeso de fuerza equivalente, evitando un mandato injusto y absolutista, derivado de una manifestación de egoísmo tan grande como las propias facciones enfrentadas, con la única intención de protegerse a sí mismo y de conservar el mando.

El Etna ruge de nuevo, sí, y con él, tal vez, también comienzan a hacerlo aquellos justos que han sido enterrados, olvidados, cuestionados y separados del mundo a iniciativa de mandatarios tan temerosos de ser descubiertos por ellos en sus oscuridades como encastillados en su trono para, por fin, conseguir romper las cadenas, emerger de su prisión y reestablecer el equilibrio, la contención que todo poder, esencialmente, necesita.