Cuando fuimos peces

La Nueve que París olvidó

En el verano de 2018, durante una de esas escapadas que mezclan turismo, oficio y cierta pulsión arqueológica, entré en Los Inválidos para visitar la tumba de Napoleón. Ese mausoleo desbordado, casi teatral, donde Francia guarda a su emperador como quien conserva una reliquia nacional. Y, ya que estaba allí, me acerqué al Museo de la Resistencia y de la Liberación de París, movido por una curiosidad muy concreta: quería ver cómo recordaban a los españoles de La Nueve, aquellos republicanos que entraron en la ciudad antes que nadie, con sus half-tracks bautizados con nombres que aún nos duelen como cicatrices: Guernica, Madrid, Ebro.

Pero la sorpresa fue mayúscula. Entre vitrinas, paneles y relatos heroicos, apenas una mención discreta, casi de compromiso, a los hombres que abrieron camino aquella noche del 24 de agosto de 1944. Ni un espacio propio, ni una fotografía destacada, ni una palabra que hiciera justicia a su papel. Fue entonces cuando comprendí, sin necesidad de manuales, lo que significa el chauvinisme francés: esa habilidad tan depurada para celebrar la Historia… siempre que la Historia lleve pasaporte francés.

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Y, sin embargo, La Nueve fue mucho más que una compañía militar. Fue una improbable caravana de españoles que habían perdido una guerra y, aun así, siguieron avanzando. Venían de Valencia, de Andalucía, de Aragón, de Cataluña, de Castilla, de Murcia… un mapa roto que volvió a recomponerse en los vehículos de la División Leclerc. Allí estaban Granell, Cortés, Sancho, Lozano, Campos, Royo, García, Bernal, Amores, Marín, Lafuente… hombres que habían pasado de las trincheras del Ebro a los arenales del desierto africano, y de allí a Normandía, como si la Historia les hubiese condenado a no dejar de caminar.

Entraron en París adelantándose incluso a los propios franceses, con la mezcla de cansancio y lucidez de quien sabe que la victoria no es un lugar al que se llega, sino un instante que se atraviesa. Aquella noche, mientras la ciudad celebraba su liberación, ellos avanzaban con la serenidad de los que ya lo han visto todo: la derrota, el exilio, la arena, la nieve, la sospecha de que quizá no volverían jamás a un país que seguía siendo suyo solo en la memoria.

La paradoja es que estos españoles, sin bandera y sin patria reconocida, fueron los primeros en entrar en la capital de la Francia libre. Y aun así, durante décadas, sus nombres quedaron dispersos como peces que se escapan entre los dedos. Hoy, cuando los recuperamos —por procedencias, por vehículos, por fragmentos de memoria— descubrimos que no eran héroes de bronce, sino hombres obstinados, capaces de seguir luchando incluso cuando ya no tenían un país al que volver.

Quizá por eso su historia nos toca tanto: porque habla de una dignidad sin monumentos, de una victoria sin pedestal. Y porque, al recordarlos, también nosotros recuperamos algo de ese impulso antiguo que nos empuja a seguir nadando, incluso cuando la corriente parece llevarnos en contra.