¡Noticias que sorprenden!
LA MIRADA DE ULISAS no sale del asombro. En un mundo donde todo se sabe que aún existan noticias que sorprendan como: el descubrir en un lugar remoto en España, el Valle de Batuecas, olvidado por el resto del país por su geografía de montañas de 1000 metros de altura, que sus pobladores en el 2024 se enteraron luego de 500 años de ignorancia que descendían de judíos conversos, es todo un suceso. Cantaban cánticos judíos y cocinaban recetas que se atribuyen a la cocina judía de los sefardíes tanto de Turquía, Marruecos etc… como del resto de España. Este descubrimiento por una población que guardó tradiciones y cantos de cuna, que les resultaban familiares sin saber de donde procedían con la mezcla de un catolicismo a ultranza, despierta un día con otro conocimiento.
Todos se sentían católicos, apostólicos y romanos. Recuerda un poco la historia de los judíos de Etiopía que, si no hubiese sido por la presión ejercida por la actriz Jane Fonda, tal vez jamás hubiesen regresado a sus raíces o a Israel que les abrió sus brazos en los años 90 con toda una operación de rescate. Ya lo habían logrado en la Operación Moisés (1984) con la ayuda del MOSAD y luego en una maniobra mayor en la década de los 90 llegaron miles y miles de etíopes judíos a Israel. Se estableció un puente aéreo que conmovió al mundo. Israel los absorbió. A pesar de costumbres diversas y mezcladas, ya las jóvenes generaciones están totalmente adaptadas, asimiladas y viven al estilo moderno, mientras sus ancestros guardan la vestimenta y ciertos hábitos de sus antepasados. Curiosas mezclas se dan. Se refieren a ese pueblo perdido en África como los posibles descendientes de la reina de Saba.
En el caso de España, en Salamanca, a 80 kilómetros de la capital, resulta otro cuento: sus pobladores seguían tradiciones que mostraban costumbres secretas.
En La Alberca, el 20 de mayo de 2024, Martín Sánchez Álvarez, un maestro de escuela de sesenta años descubre que su sangre está poblada de ADN judío gracias a la presencia de estudiosos sobre el tema de lenguas arcaicas de la Universidad de Salamanca. Fue una sorpresa enorme para un católico reconocido como tal: redescubrir una nueva identidad no es asunto fácil, pero permite cuestionar hasta qué punto la humanidad está mezclada. Y aunque cueste reconocer la historia en las venas, se plantea un quiebre emocional. Algunos aceptaron la realidad, otros la siguen negando, a pesar de los hechos que pintan el examen del ADN de un registro judío innegable. Una confusión generada por la misma confesión. Es de constatar que las costumbres no engañan.
Y negar la parte endémica que lleva un pueblo no es una solución, es reconocer hasta qué punto los judíos han tenido que huir siempre y defenderse de la hostilidad que el judío ha encontrado durante los siglos de los siglos. Seguramente los pobladores del Valle eran habitantes de Toledo, donde la judería había hallado su lugar y su esplendor hasta el momento cuando los Reyes Católicos decidieron expulsarlos o convertirlos a la brava. Unos códigos inventados que hablaban de sangre no limpia. Se les negaba a los judíos abrazar profesiones honorables por un origen que se consideraba manchado y despreciable. Pero los milagros de preservación cultural cobran una significación que, a pesar de estar oculta y bien callada, sale a la luz. Generación tras generación fueron pobladores del ayer que huyeron detrás de la cima de las montañas, siguieron cantando canciones en ladino, amasaron el pan de shabat y avalaron una historia sefardí, que aún permanece en unos hábitos que fueron perseguidos con un genocidio cultural.
Antepasados que olvidaron quienes eran para que sus descendientes pudieran vivir. Y hoy, algunos no quieren ser vistos como judíos con la vergüenza que registra años de estigma. Aunque muchos jóvenes, que no traicionan sus raíces, se reconocen como judíos endémicos. La historia oficial quiso borrar toda traza del judaísmo en España, pero la sangre no miente mientras la identidad reclama su punto de partida. Recónditos espacios dan testimonio de un ADN que vive de generación en generación, con una identidad con capas y capas de silencio que hoy se rompe con un grito de supervivencia, donde la memoria fragmentada halla su cauce. Corre por las venas y toma su propia voz.