Ni olvido ni perdono
En un mundo en el que la palabra experiencia se ha convertido en el comodín lingüístico, me encuentro con una paradoja que es digna de un buen relato. La noticia de la semilibertad al terrorista Txeroki me devuelve algunas preguntas que busco plantear: ¿qué es, en realidad, una experiencia? ¿cuándo se cruza la frontera entre lo trivial y lo trascendental?
Hace unos días, conversando sobre mis años en las provincias vascongadas y el terrorismo de ETA, dijo un amigo: ¡Bueno, es una experiencia! —¿Cómo? Pues ruego, amigo lector, que me acompañe en un pequeño viaje a través de los absurdos de esta palabra tan inflada y machacona.
Imagínense un lugar en donde todas las preocupaciones se desvanecen como el vapor en una sauna. Los masajes relajan los músculos tensos de una semana de trabajo. Allí unas piscinas de hidromasaje les acunan como a bebés dentro de un gran jacuzzi. Esto es un hotel-Spa y lo podemos llamar experiencia. Es el perfecto cobijo en donde la experiencia son batas suaves, tacitas de té con hierbas aromáticas y música relajante. El experimentado huésped flotará en una hamaca mientras un terapeuta titulado le masajea los pies con aceite de lavanda. ¡He aquí la vida plena en experiencias!
Cambiemos de escenario. Dejemos atrás las toallitas calientes y adentrémonos en una guerra con enemigos invisibles, odio, traiciones, disparos, coches bomba, sangre y muerte. Personalmente veo a Bildu como amigos de aquella maldad. Aquí no hay romanticismos. Sin embargo nuestro acomodado pueblo ha decidido llamar al terrorismo, «experiencia». Hoy se frivoliza el horror con la misma desenvoltura con que se comenta un fin de semana gastronómico. ¿Quién necesita un spa cuando puede experimentar la adrenalina de un disparo en el pecho o la deflagración de una bomba? ¿Qué es un jaboncito aromático frente a un tiro en la nuca o un niño despedazado?
Vivimos los tiempos de los mochileros y el selfie creativo. Ser resilientes, viajar en Interrail, comprar una furgo o lanzarse en parapente. Todo son experiencias. Pero esta inflación verbal ha reducido el territorio de las palabras y con él, también el de los hechos. La experiencia verdadera es aprendizaje, práctica o hábito, pero la guerra, en cambio, es un incidente, es riesgo y angustia, es una herida profunda. Una cosa es un provecho y la otra una cicatriz en nuestra alma. Por eso, ni la guerra ni el terrorismo pueden confundirse con la aventura caprichosa de un niño mimado.
Conviene, pues, elegir bien las palabras y reservar las experiencias para aquello que lo merece. Un viaje, un romance o una hazaña deportiva, ir a un spa o a un restaurante estrella Michelín, es una experiencia, sin embargo, enfrentarse al terrorismo es un sacrificio, una ventura peligrosa que marca para siempre.
Queridos señores «experimentados», antes de relatar sus epopeyas de buffet en la cola de un supermercado, recuerden que hay experiencias y luego, «experiencias». No todas caben en el mismo saco.
Y no puedo concluir sin señalar a quienes, desde la ignorancia o la conveniencia, contribuyen a esta confusión moral. Pienso en ciertos dirigentes, políticos de toda guisa, que hoy amparan y justifican a quienes fueron asesinos o secuestradores. Pienso en figuras públicas que desde su desorientación trivializan el terrorismo como si fuese una vivencia juvenil. Es evidente que la decrépita educación que algunos han promovido logra confundir memoria con espectáculo.
Algunos, pese a todo, distinguimos esas «experiencia» y ni olvidamos ni perdonamos. También sabemos que llegará el día en que esos despiadados paguen con dureza su maldad, pues ese es mi mayor anhelo, el más legítimo, que quienes sembraron el terror conozcan, al fin, una «experiencia» acorde a sus actos en el oscuro y estrecho purgatorio que sin duda les aguarda.