Los colores del prisma

Murió en Colombia el presidente que nunca fue

Colombia despidió ayer en Bogotá a uno de sus políticos más polémicos y eficaces de las últimas décadas: Germán Vargas Lleras. Su muerte cerró la trayectoria de un dirigente que casi toda su vida estuvo en el poder. Su vida simboliza el ocaso de una generación formada en la disciplina del Estado, en el debate parlamentario y en la obsesión por ejecutar antes que prometer.

Como suele ocurrir con quienes ejercieron el poder de manera intensa, Vargas Lleras fue admirado y criticado con igual vehemencia. Su carácter fuerte, su verticalidad y su estilo confrontacional le generó enemigos incluso dentro de sus propias alianzas. Muchos de sus rivales reconocen ahora lo que en vida nunca pudieron negarle: su capacidad de trabajo y su habilidad para transformar decisiones en resultados.

En tiempos dominados por la política del espectáculo, frases vacías y retórica polarizante, Vargas Lleras pertenecía a otra escuela. La de los dirigentes que medían su influencia por las obras terminadas, carreteras construidas, viviendas entregadas o proyectos puestos en marcha. No era un militante del “blablablá”. Era, ante todo, un ejecutor.

Descendiente de los expresidentes Carlos Lleras Restrepo y Alberto Lleras Camargo, era miembro de una familia influyente del partido Liberal colombiano, que parecía destinado a ocupar un lugar en la vida pública. Creció rodeado de poder, debates y responsabilidades de Estado. Pero más allá de su apellido, construyó una carrera paso a paso, basada en la disciplina, la estrategia y la dedicación absoluta a la política.

Fue concejal, senador, presidente del Congreso, ministro, vicepresidente y fundador del Cambio Radical después de haber militado en el Nuevo Liberalismo, con el líder asesinado Luis Carlos Galán. Participó en debates complejos: la lucha contra el narcotráfico, la extradición, la seguridad y las tensiones permanentes entre gobierno y la oposición de distintos presidentes. 

Su vida estuvo marcada también por la violencia política que ha caracterizado durante décadas a Colombia. Sobrevivió a atentados terroristas que dejaron cicatrices físicas en su humanidad y obligaron a su familia a salir del país por razones de seguridad.

Aquellas experiencias endurecieron aún más a un hombre que ya entendía la política como un campo de combate. Por eso no sorprendió que el presidente Gustavo Petro, uno de sus más fuertes contradictores, lo definiera como “un gladiador”. La expresión resume bien la percepción que deja Vargas Lleras: la de un político que jamás rehuyó la confrontación y que defendió sus ideas con intensidad hasta el final.

Su paso por el gobierno de Juan Manuel Santos terminó consolidando su imagen de hombre ejecutivo. Desde el Ministerio del Interior y luego en el Ministerio de Vivienda y la Vicepresidencia de la República lideró programas de infraestructura y vivienda que marcaron una época. Allí apareció una de sus mayores fortalezas: convertir la administración pública en una maquinaria de ejecución.

Paradójicamente, el hombre que parecía preparado desde la infancia para llegar a la Presidencia nunca logró alcanzar la Casa de Nariño. Con posiciones de derecha, en un contexto republicano, fue candidato en dos ocasiones y durante años figuró entre los nombres inevitables de la política nacional. 

Sin embargo, Colombia comenzó a transformarse más rápido que su propio proyecto político. Mientras emergían nuevas narrativas emocionales, digitales y antisistema, Vargas Lleras seguía representando la vieja arquitectura del poder: los partidos fuertes, la autoridad, la estructura territorial y la experiencia administrativa.

Varios de sus mejores amigos políticos, si es que en los avatares electorales existen lealtades, lo traicionaron sin contemplación y ahora, con su muerte, han salido al paso de los micrófonos a enarbolar su trayectoria, cuando en la disputa por la presidencia hicieron jugadas traicioneras viles para dejarlo fuera de carrera. 

Su muerte ocurre en un momento sensible para Colombia, en plena campaña para las polarizadas elecciones presidenciales. Con una democracia frágil y en construcción permanente, la nación está atrapada entre la violencia mafiosa, paramilitar y guerrillera, la corrupción, el atraso institucional y las fracturas sociales que impiden consolidar un proyecto nacional compartido.

Con Germán Vargas Lleras desaparece algo más que un dirigente polémico y eficaz. Con él se despide una generación de políticos moldeados en la convicción de que gobernar exige carácter, preparación y capacidad de ejecución que hoy falta y es notoria. El país político termina reconociendo la dimensión de su ausencia. Para bien y para mal. Opiniones a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.