El velo de la apariencia

La muerte de sor Getsemaní no ha sido en vano

El viernes día 9 de enero de 2026 muere a los 89 años sor Getsemaní, clarisa del monasterio de Belorado. Cierta prensa recalca que no firmó el Manifiesto Católico, causa de excomunión de diez de las quince monjas que componían entonces la comunidad, y que por eso no fue excomulgada. Es verdad, no lo firmó, como tampoco lo hicieron las demás. Solo lo firmó la abadesa sor Isabel de la Trinidad, en representación de la comunidad. Pero sí firmó sor Getsemaní el acuerdo de transformación de la entidad religiosa en asociación civil, que tanto repugna al arzobispo de Burgos. Y también firmó un escrito oponiéndose al desahucio promovido por él, en el que pide: “que no quiero que echen a ninguna hermana del convento, porque formamos todas la misma comunidad y quiero que sigamos viviendo aquí todas juntas. Que el Arzobispo Sr. Iceta no me representa y no quiero su demanda de desahucio”.

Maestra dedicada desde joven a la vida conventual, en Lerma y más tarde en Belorado, sor Getsemaní gozó del aprecio y del cariño de cuantos la conocieron y de sus hermanas de hábito, que la cuidaron casi hasta el último momento, y digo casi porque no fue posible más. El día 18 de diciembre de 2025 la Juez de Instrucción de Bilbao se presenta a primera hora de la mañana acompañada de un fuerte contingente de guardias civiles en el monasterio de Orduña y se lleva contra su voluntad a sor Getsemaní y a las otras monjas mayores de Belorado al Hospital de Basurto. Se habían negado antes en dos ocasiones, pero esta vez no les sirvió de nada. No les permite despedirse de sus hermanas. Ni sabe cuál es el tratamiento prescrito por su médico. Advierten las demás del peligro que supone para su vida. Todo en vano. Dicta una orden de alejamiento, que afecta a las ochos hermanas jóvenes, a las dos procuradoras y a los dos abogados que las defienden. Prohíbe a todos comunicar con las mayores por cualquier medio. No se recuerda otro caso igual.

Trataba entonces a sor Getsemaní desde el año 2020 un prestigioso neurólogo de su confianza, que desaconsejó el traslado: “es importante mantener a estas pacientes en un entorno de cuidados predecible y estable evitando cambios de personas y/o lugares”, afirma en su informe. Y lo hace porque el cuidado que recibe no puede ser mejor: “he podido apreciar siempre un cuidado exquisito de las pacientes por parte de sus hermanas absolutamente adecuado y con un fiel cumplimiento de las indicaciones respecto al tratamiento que se les ha ido indicando en función de los cambios clínicos en relación a sus procesos médicos y con una total diligencia para comunicarme dudas o nueva información sobre el estado clínico de las mismas”. No solo él, también el arzobispo de Burgos lo reconoció  en la Nota de Prensa hecha pública el día 29 de mayo de 2024 por la Archidiócesis de Burgos: “Es nuestra preocupación, asimismo, velar por el bienestar de las hermanas mayores. Tenemos constancia del cuidado esmerado que les ofrecen, aunque nos aflige que no estén recibiendo la atención espiritual congruente con la fe católica que siempre han amado y profesado”. El cuidado es esmerado, lo que le preocupa es la ortodoxia. Preocupación legítima que en modo alguno justifica torcer la voluntad de las monjas por medio de una acción coercitiva como esta.

La comunidad sostiene varios procesos judiciales contra el arzobispo, casi todos promovidos por él. Pero, a pesar de todo, la juez entrega a las monjas, que no pueden valerse por sí mismas, al cuidado de su adversario, que las reubica a su antojo en conventos de la orden. 

El mismo día en que muere sor Getsemaní la juez revoca la orden de alejamiento, pero no lo notifica a los afectados hasta después del domingo día once, en que es enterrada. Nadie dice nada del fallecimiento a las hermanas jóvenes. Ni la familia, ni el arzobispo, ni las clarisas. Y no se enteran hasta después.

Es muy triste y lamentable que haya ocurrido esto, que un combate encarnizado entre creyentes que no creen lo mismo siegue la vida de quien no ha tenido más culpa que hacer todo el bien que ha podido, con la dignidad que supone obedecer siempre a su conciencia y a nadie más. Que su vida y su muerte no hayan sido en vano y que cesen ya las hostilidades en esta guerra, tan absurda como todas las demás.