Tiempo de pensar

Se movió el piso. Se agrietó la pared. Se cayó el edificio.

Esa fue la realidad que vivieron miles de venezolanos el 24 de junio, a las 6:04 de la tarde, mientras disfrutaban del día feriado que conmemora la Batalla de Carabobo, el Día del Ejército Venezolano y la festividad de San Juan Bautista. Muchos estaban reunidos en familia, viendo relajados el partido del Mundial entre Escocia y Brasil, sin imaginar que, en cuestión de segundos, todo cambiaría.Entonces comenzó el temblor. Quienes lo vivieron cuentan que era como estar dentro de una licuadora. El suelo se sacudía sin dar tregua, las paredes crujían y, en algunos lugares, los edificios cedieron. Los más jóvenes alcanzaron a correr hacia las salidas. Otros no tuvieron esa oportunidad y quedaron atrapados bajo los escombros.Durante las primeras horas, las voces de quienes permanecían sepultados aún daban señales de vida. Ahora se siente cada vez más silencio.  Hoy, cada minuto que pasa hace más estrecha la posibilidad de encontrar sobrevivientes.

Los especialistas recuerdan que todavía existe una ventana crítica para hallar personas con vida, respirando bajo los escombros, pero esa oportunidad se reduce con el paso de las horas.Mientras continúan las tareas de rescate, comienza a llegar ayuda internacional con equipos especializados en búsqueda y rescate urbano. La esperanza ahora depende de la rapidez con la que estos equipos puedan intervenir. Deben apurarse, porque el tiempo corre y las vidas que hoy permanecen atrapadas podrían convertirse en una nueva cifra de víctimas fatales.La tragedia volvió a desnudar una realidad dolorosa: la de un país que durante años dejó de invertir en la protección de sus ciudadanos y en la capacidad de responder a emergencias de esta magnitud. Las primeras labores de rescate no comenzaron con maquinaria especializada ni con grandes despliegues oficiales. Comenzaron con los vecinos.

Con jóvenes que llegaron desde zonas cercanas para remover escombros con sus propias manos, impulsados únicamente por la esperanza de encontrar a alguien con vida. Pero la voluntad no reemplaza las herramientas. Faltaban linternas para trabajar durante la noche, cascos para proteger a los rescatistas, equipos para cortar concreto y maquinaria capaz de levantar toneladas de escombros. En medio de esa desesperación, también surgieron cuestionamientos sobre la capacidad de respuesta del Estado. Mientras familiares y voluntarios luchaban contra el tiempo, muchos se preguntaban por qué la ayuda tardaba tanto en llegar y por qué un país tan golpeado seguía sin contar con los recursos necesarios para enfrentar una tragedia de esta magnitud. Porque cuando la tierra deja de temblar, comienza otra batalla: la de salvar vidas. Y en esa carrera, cada minuto perdido puede marcar la diferencia entre un reencuentro, un abrazo o una mala noticia.