Sencillamente irresistibles

Un monstruo viene a verme

Desde la pantalla del televisor el monstruo viene a vernos, a ignorarnos en nuestros anhelos, a despreciar nuestras vidas, a confundirnos, a enfrentarnos, a retorcer la verdad hasta tal punto, que ya ni siquiera la mentira lo es, la ha metamorfoseado en sus babas mal olientes y nauseabundas. 

Es un monstruo ( con iniciales P.S.) imponderable, al que solo le importa beber nuestra sangre, es decir, nuestros bienes (impuestos), nuestras ganas de trabajar (absentismo laboral y presentismo, es decir, cuando el empleado acude al trabajo, pero no lo ejecuta,  sino que allí  pierde el tiempo), nuestra confianza en los servicios públicos (¡Cualquiera se sube a un tren, o se arriesga a ser tragado por un bache en las carreteras, o por las desordenadas multitudes en los aeropuertos, y la precariedad en la conservación de los trenes y aviones y etc., etc.).!

El monstruo acecha afianzando, clavando hasta el infinito sus oscuras y horrendas raíces en el poder, vestido de árbol como en el film de Amenábar, contando historias “disuasorias de sospechas en su buen hacer perpetuo”, con su tono de adormidera venenosa, pero con ínfulas de mitin.

El monstruo defiende a quienes él mismo ha colocado en los puestos de mayor responsabilidad del país, no por su preparación. ni su profesionalidad, ni su conocimiento en las materias para las que se les paga y requiere, sino para que le aplaudan incluso con las orejas, porque necesita que de continuo le rieguen, alimenten su ego, le veneren, le aclamen y le sirvan de coros y danzas bailándole el agua.

Es un monstruo salido del mismo fondo de la sauna “rarita” del papá de su amada parienta imputada con cinco acusaciones. 

Un monstruo que cuando esos ministros o allegados a los que aparentemente defiende le empujan a la plataforma descendente de su presunta gloria, les desgarra de arriba abajo y si es necesario les arrastra e ignora, aunque en la cárcel se mueran de frío. 

El monstruo les utiliza como escudo protector mientras se rasga las vestiduras por ellos. Pero ¿Qué su imagen se ensucia por el “sucedido” de algún acontecimiento devengado de la corrupción, o de la falta de responsabilidad de sus secuaces?, pues entonces les sumerge en el foco del odio de los damnificados hacia aquellas acciones que dejan víctimas y exigen un culpable. Acciona un salto de sapo en la ciénaga, pide perdón por haberse fiado de ellos, “asume la responsabilidad”, no come hasta las cinco de la tarde (Son las cinco y aún no he comido), se maquilla de pena y para dar pena, asegura que han traicionado su confianza por ser demasiado bueno, y sigue aposentado en Moncloa.

Piensa, porque los monstruos piensan monstruosidades, que los ciudadanos somos idiotas y que su imagen se enjabona, se limpia y de nuevo aparece resplandeciente, brillante y con libertad para nombrar a otras “víctimas ministeriales” cuanto más zoquetes e impresentables, pues mejor.

O sea, da un poco de miedo que el monstruo declare en alguien su confianza y reconocimiento, ese alguien está inexorablemente perdido, deben “cranear” el ex fiscal general del Estado, y seguramente Puente en la cuerda floja, y otros.

Un monstruo viene a vernos y lo peor es que todavía hay quienes no le ven a él en toda su magnitud aterradora.