México e Irán
México e Irán atraviesan hoy momentos distintos, pero curiosamente paralelos. Ambos países han estado recientemente bajo el fuego de tensiones políticas y militares, y en ambos casos aparece un actor que, para bien o para mal, suele gravitar sobre la política internacional: Estados Unidos y, en particular, la figura de Donald Trump.
En México la situación parece encaminarse lentamente hacia una aparente calma. La captura, y en algunos casos la muerte, de figuras centrales del narcotráfico, como el llamado “Mencho”, ha sido recibida por muchos mexicanos con una mezcla de alivio y cautela. Nadie puede negar que millones de ciudadanos desean el debilitamiento de las organizaciones criminales que durante décadas han sometido a regiones enteras del país. Sin embargo, también es imposible ignorar que buena parte de estas operaciones se han desarrollado bajo una presión internacional muy marcada, particularmente desde Washington.
Irán, por el contrario, parece avanzar en la dirección opuesta. Las tensiones con Occidente se han intensificado, los bombardeos y las amenazas de escalada militar han devuelto al país persa a un escenario de incertidumbre permanente. Y, nuevamente, la política exterior estadounidense aparece como un factor determinante.
A primera vista, México e Irán parecen mundos lejanos, civilizaciones separadas por miles de kilómetros, religiones distintas y tradiciones políticas radicalmente diferentes. Sin embargo, la historia guarda coincidencias sorprendentes.
Una de ellas es poco conocida incluso entre historiadores mexicanos: después de ser derrocado en 1979 por la Revolución Islámica, el último Sha de Irán, Mohammad Reza Pahlavi, pasó un periodo importante en México. Durante un tiempo vivió discretamente en nuestro país, en una época donde la política internacional aún no se consumía en el espectáculo mediático permanente de las redes sociales y los noticieros de veinticuatro horas.
Fue precisamente la presión diplomática de Estados Unidos la que terminó empujando al Sha a abandonar México. Washington temía que su presencia generara tensiones adicionales con el nuevo régimen iraní encabezado por los ayatolás. Aquella decisión mexicana ocurrió en un contexto internacional muy distinto al actual: menos estridente, menos inmediato, pero no menos cargado de intereses geopolíticos.
Para entender aquella época conviene detenerse en un pequeño símbolo del poder y del estilo del Sha. Mohammad Reza Pahlavi solía usar relojes Audemars Piguet Cobra, piezas extraordinarias de relojería que hoy se consideran verdaderas obras de arte. Aquellos relojes no eran simples accesorios de lujo: eran piezas hechas bajo pedido, con brazaletes integrados que representaban una maestría técnica casi artesanal. Ese detalle ilustra bien el espíritu de aquella época. El lujo era más discreto, las relaciones internacionales más personales y las decisiones políticas se tomaban muchas veces en conversaciones privadas entre líderes, lejos del escrutinio público inmediato.
La historia dio un giro. Los ayatolás lograron desmontar el poder del Sha no sólo mediante la movilización política, sino mediante algo más profundo: la persuasión religiosa y cultural. Fue una revolución que se propagó de iraní a iraní, en mezquitas, en conversaciones privadas, en una narrativa que convenció a millones de personas de que el cambio era necesario, fue un cambio muy personal y detallado como el reloj que tanto le gustaba al Sha.
Hoy, al observar las protestas que han sacudido a Irán antes de los recientes bombardeos, se percibe un pueblo cansado, molesto y en ocasiones abiertamente enfrentado con su propio gobierno.
En México, aunque el contexto es distinto, también hemos visto manifestaciones significativas de descontento social frente a la violencia y la delincuencia. Basta recordar movilizaciones recientes como la protesta vinculada al caso conocido como “Manzo”, sobre la cual ya he escrito en este mismo medio.
Al final, México e Irán comparten algo más que episodios aislados de su historia. Ambos países viven permanentemente en la intersección entre la política interna, la presión internacional y la voluntad de sus pueblos.
El tiempo dirá si sus destinos terminan pareciéndose o si las diferencias históricas terminarán imponiéndose. Lo que sí sabemos es que, detrás de cada conflicto geopolítico, hay siempre una pregunta más profunda: si todas estas tensiones servirán algún día para construir países más justos para quienes realmente los habitan