México 2026: ¿solo la fachada de un Mundial?
A la vuelta de la esquina llega un Mundial de fútbol que, por primera vez, se organizará en tres países de Norteamérica. Con trece partidos asignados a Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, el gobierno federal promete un gran espectáculo que proyectará la mejor imagen de México. Se habla de un impulso turístico de 1 800 a 3 000 millones de dólares y de una derrama económica que podría elevar el PIB en 0,5 puntos, pero al recorrer la realidad de la infraestructura una duda amarga emerge: ¿no estaremos construyendo una fachada brillante para ocultar problemas estructurales que el país arrastra desde hace años?
Promesas a medio construir en Monterrey
En Nuevo León el gobernador Samuel García prometió que los aficionados viajarían en metro de manera cómoda y moderna. Sin embargo, el proyecto de las líneas 4 y 6 del Metro de Monterrey se ha recortado y retrasado. La Línea 4, originalmente de 15,2 kilómetros, quedó reducida a 7,7 km, La Línea 6, que debía contar con 10 estaciones, operará en el Mundial con sólo cinco. El propio gobernador anunció que la finalización de la Línea 6 y de la Línea 4 se extenderá hasta junio de 2027, un año después del evento. De la Línea 4, se espera que un primer tramo de 12 km del Parque Fundidora hasta el centro comercial Citadel, esté en operación para junio de 2026, pero García advirtió que deben funcionar al menos cinco estaciones en 500 días, lo cual veo muy improbable, los turistas llegaran a ver obras inconclusas.
El recorte y la prisa revelan la improvisación. Se vendió la idea de un sistema de transporte de primer mundo, pero los aficionados solo verán obras inconclusas. ¿Se puede llamar “host city” a una urbe que todavía tiene sus proyectos en obra negra? ¿No es esto un intento de disfrazar con inauguraciones simbólicas un retraso que ya parece crónico?
Un aeropuerto maquillado, no renovado
En la capital, el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) atraviesa su “renovación más amplia en décadas”. Los contratos de remodelación de las terminales 1 y 2 suman unos 2 865 millones de pesos y arrancaron formalmente el 1 de abril de 2025. Sin embargo, el director del AICM, el almirante Juan Padilla Olmos, reconoció que las obras no estarán listas para el Mundial de 2026. Las remodelaciones comenzaron tarde porque los recursos se destinaron primero al Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA), y se suspenderán del 31 de mayo al 31 de julio de 2026, justo durante el torneo, para reanudarse el 1 de agosto y concluir en el mejor de los casos el 17 de noviembre.
Ese calendario evidencia que las mejoras son más cosméticas que funcionales (y van lentas). ¿Servirá de algo cambiar pisos y lámparas? ¿Por qué se tarda tanto en obras cosméticas? O se ¿quiere ocultar la mala situación del aeropuerto fingiendo que se está en reparación?
Además la fiesta futbolera llega con un pesado lastre financiero. La Tarifa de Uso Aeroportuario (TUA) del AICM recauda alrededor de 14 mil millones de pesos cada año, y esos recursos se destinan a un fideicomiso para pagar los intereses de la deuda generada por la cancelación del nuevo aeropuerto de Texcoco, de acuerdo con la Confederación de Cámaras de Comercio. Es decir, los pasajeros pagan cada boleto más caro, no para mejorar el aeropuerto actual, sino para liquidar un proyecto cancelado. La cancelación del NAIM no sólo costó los 100 mil millones de pesos que el gobierno estimaba; la Auditoría Superior de la Federación calculó que cancelarlo costó 331 996 millones de pesos, un 232 % más de lo previsto. La deuda total por la suspensión asciende a 196 mil 350 millones de pesos y se pagará hasta 2048; pagar esta deuda viola la Ley del Aeropuerto y pone en riesgo el mantenimiento del AICM.
Mientras tanto, el proyecto estrella que sustituyó al NAIM, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA), funciona sin consolidarse
Frente a este panorama, cabe preguntar si México no está montando una escenografía de espejos. El gobierno presume que “México está listo para recibir a más de 5,5 millones de visitantes” y apuesta por legados de electromovilidad, ciclovías y proyectos de turismo social. Sin embargo, en la práctica las obras prometidas se quedan a medias, se recortan o se retrasan, y los recursos se canalizan a pagar deudas o a embellecer fachadas. En lugar de un legado duradero, se está construyendo un collage de obras apuradas que apenas disimulan las carencias.
En este contexto, es legítimo cuestionar el discurso triunfalista. ¿Son las promesas de modernización un acto de sinceridad o un intento de engaño para la audiencia global?