Medianoche en París
El camino de hacer poesía en el cine nunca ha sido fácil y de ahí el divorcio permanente entre la obra literaria y la película, la que resulta, ésta última, con carácter propio, lejana de lo que quiere decir o representar un escritor. Por ello, Gabo se negaba de manera firme a la filmación de “Cien años de soledad” -ahora en Netflix- y otras de sus obras. Hacía bien, por la salud de su literatura y del cine.
Surgió en pandemia otro gran competidor para la exhibición de cine en casa, la Warner Bros, firma que invirtió millones de dólares en esa nueva mina de oro.
Existen excepciones en la adaptación cinematográfica de la literatura, como fue “Muerte en Venecia”, la excepcional película de Visconti que interpretó de manera fiel a Thomas Mann, o la excelente película “Il postino”, con música de Luis Bacalov.
“Medianoche en París” es sin duda uno de los filmes más bellos que se hayan hecho sobre el París de posguerra y su presencia en el arte, en la literatura del mundo. Woody Allen tomó como pretexto de esta maravillosa producción la vida de un escritor de quinto atril, nacido en una pequeña ciudad anodina de los Estados Unidos. Alguien que, sin embargo, soñaba con ser grande entre los grandes y tuvo esta fantasía, en el túnel del tiempo, para alternar con Gertrude Stein, Hemingway, Scott Fizgerald, Luis Buñuel, Pablo Picasso, Tolousse Lautrec, Braque, Salvador Dalí, Zelda Fizguerald, T.S. Elliot, entre otros.
“Si alguna vez visitas París, siendo joven, esta ciudad te perseguirá toda la vida como una procesión…”, anotó Hemingway en “París era una fiesta”; debo admitir que se trata de una de las ciudades más carismáticas del mundo, con esa magia del “quédate aquí”, que intuyó Carpentier en villas como Toledo o Sevilla en España.
Por supuesto, en el filme no están los panaderos que redondean crèpes con crema de chocolate en la calle, ni los organilleros de la Rive Gauche que muelen su música de nostalgias entre los pintores que venden postales de Notre Dame a los turistas. Tampoco los restaurantes griegos que ponen pulpos y lenguados en las vitrinas, o los mercados de pulgas donde venden platos pintados a mano y maletas desahuciadas.
“Medianoche en París” es un viaje precioso al París del Can Can, del primer “Moulin Rouge” y del origen de esa tendencia artística que exaltó a los negros como una presencia fuerte en el arte de vanguardia con la “Revue Nègre” y la figura esbelta de Josephine Baker.