La luz que no ilumina y la retórica de los bárbaros
Pro fide Christi arma suscipere gloriosum est. —Guillermo de Tiro, s. XII
Hay frases que viven en el presente con frecuente torpeza y sin duda alguna merecerían extinguirse por pura vergüenza ajena. Entre ellas destaca la repetida consigna de taberna que dice que «la única iglesia que ilumina es la que arde». Frase machacona y una forma de obstinación de papagayo asmático de quienes confunden la vulgar ocurrencia con el pensamiento. Quienes lo gritan son los mismos que, con idéntica finura intelectual, proclaman descender de brujas que nadie pudo quemar. Son tan estúpidos que creen que la genealogía del disparate es un blasón del que sentirse orgullosos y esa curiosa estirpe presume además de haber sobrevivido a hogueras imaginarias mientras exhiben, en su ADN moral, la pertinaz inclinación por quemar todo cuanto no comprenden. Quemar iglesias y edificios y libros y todo…, todo porque no entienden.
No es difícil prever que, seguramente, en unos pocos años sus cachorros también desfilarán con pancartas atacando a la iglesia Católica y sin haber leído una sola página de historia ni de nada. Bastará con que uno sólo, llevado por la audacia del supremo idiota, irrumpa en el interior de un templo para blasfemar mientras que su camarada —otro estúpido, pero más combustible— encenderá el mechero. Y así, entre humos y consignas de izquierdas, creerán haber conquistado una victoria contra no se sabe qué enemigo, cuando en realidad solamente confirman su incapacidad para pensar sin recurrir al ruido.
Únicamente los espíritus más torpes y atrasados —los ignorantes, los burros, los cafres y los salvajes— necesitan patear, romper y destrozar para justificar sus ideas. Son esos que no saben argumentar y que sólo golpean, pero como tampoco pueden defender sus tesis entonces recurren a incendiar, pintar y destrozar. Y en toda esa pira de irracionalidad es donde se consume la esperanza de la educación y la desaparición de la moral, la ética, la bondad, el respeto y la coherencia. Todas esas virtudes tan propias del ser humano, lejos de ser ornamentos burgueses, son en realidad los cimientos mismos de la convivencia civilizada. Sin ellas el hombre retrocede a la selva o a las cuevas, es donde la fuerza y el grito substituyen tanto al juicio como al razonamiento.
Resulta especialmente pintoresco que muchos de esos incendiarios de salón y teléfono iPhone, se proclamen de izquierdas mientras reparten el calificativo de fascista con compleja ligereza. Ignoran —o fingen ignorar— que el fascismo nació precisamente de la mano de un socialista italiano que era tan radical e irritable como ellos, el mismo que también quemaba, rompía e insultaba. Aunque en justicia diré que Mussolini ejercía la violencia con mayor disciplina y, sin duda, con mejor sastrería y limpieza. Pero ocurre que la ignorancia cuando se reviste de un halo de superioridad moral se vuelve impermeable a la historia y por supuesto, al sentido común.
Frente a toda esta deriva de bárbaros disfrazados de rebeldes nos queda reivindicar la vuelta de la mili y recuperar el saber, la educación, la coherencia y la bofetada a tiempo. Que aprendan que la verdadera luz no nace del fuego que destruye, sino del conocimiento y del aprendizaje que construye. Quien no entienda esto seguirá condenado a repetir consignas huecas, desatinadas y propias de completos descerebrados, seguirán siendo el eco triste de esa izquierda que busca vivir siempre en su propia oscuridad.