Disquisiciones

Locos aventureros

Unos osados navegantes tomaron el camino de aguas desde un azul profundo que riza con el viento, entre encajes de nubes que besaban la esperanza de llegar a una tierra distante, y terminaron embelesados con el verde aroma de amaneceres de colores, en la tarde con la explosión de  tonalidades, y luego con el preámbulo de una sinfonía nocturnal.

Allí, las fieras marcan su territorio, las pirañas tienen su banquete, los zancudos vuelan cerca de árboles húmedos, las hormigas arrieras hacen su trabajo, las mariposas de colores dibujan sus enigmáticas rutas entre la brisa cantarina que lleva bandadas, parloteos y gorjeos de aves coloridas, mientras que el astro rey ilumina el escenario de aguas arrasadoras, vahos, rayos dorados, donde más tarde el pan de luna abriga el corazón de otras  vidas.

Esos hombres buscaron míticas ciudades de oro por esos lugares, atravesaron ríos, surales, matas de monte, ascendieron por peñascos escarpados hasta  llegar a un sitio donde los indígenas rendían culto al sol y se bañaban con polvo de oro en una laguna sagrada.

Pero unos locos aventureros tomaron el camino de la serpiente con la idea de llegar a unos pozos brillantes con cuencas de oro, un lugar ceremonial para sus dioses naturales de quienes recibían guía y protección. Ascienden por el Orinoco, y su prole finalmente se estable en la llanura colombo-venezolana donde tomaron de los nativos la luz de sus destellos que avivan con sus propios mitos y leyendas.

Exploraron cada vez más esa tierra bravía, pasaron zonas pantanosas donde los rayos se filtran entre el verde dormido que forma conos grises entre la muralla vegetal y las flores exóticas apagan sus colores. El espacio es  misterioso cuando entre las nubes doradas que acarician el silencio del ocaso se observa que unas plumillas de oro danzan en el aire.

Tierras inhóspitas donde esos aventureros sembraron sus pensamientos y en los entreclaros de la selva sintieron la libertad del viento y la cercanía al silencio. Un territorio agreste que al paso por el tiempo fue sembrado con más vidas en la vía del Orinoco hasta llegar a la gran llanura colombo-venezolana.

Esa simbiosis permitió conocer en ese muro verde lleno de secretos, la mezcla de cortezas que forman resinas que alivian los dolores, un horizonte delirante que agudiza los sentidos, y los brebajes que transporta a los naturales por dimensiones desconocidas.     

Entre noches estrelladas con el canto rechinante de chicharras y  chasquido del viento, las nuevas generaciones cimentaron un sentimiento de libertad en esa llanura de ilusiones y esperanzas, añoranzas y nostalgias, búsqueda y misterios, entre historias que atrapan figuras y voces en la sabana.

En aquel pintoresco panorama deambulan pensamientos de nuevos hombres de mirada horizontal que contemplan y sueñan, acarician los sentidos que les devora su alma, abrazan la inmensidad en lo que ven y tienen, que para ellos es su todo y nada a la vez con el golpe de la brisa que lleva el aroma de la vida...