Llamaradas de los viejos amores
José Joaquín Ortiz Rojas (1814-1892) en su obra <<María Dolores o la historia de mi casamiento>>, evoca las mieles del sentimiento de una época cuando el enamoramiento era el néctar de la vida, y se presentaba con manifestaciones de respeto, serio compromiso, lleno de expresiones románticas que como llamaradas de fuego acariciaban el corazón.
En medio de exigentes normas sociales plantea un idilio que se desarrolla en el siglo XIX, y con el colorido de su particular fibra poética recrea hasta el dulce canto de las aves, visualiza hermosos paisajes, recorre bellos lugares, describe costumbres, imagina y alimenta dudas, pero especialmente pretende una conquista amorosa que finalmente construye en espacios andinos donde encuentra todo lo que anhela.
En esa aventura amorosa galopa por la llanura de Bogotá, divisa a Monserrate y Guadalupe como gigantes envueltos entre mantos de neblina, donde con el pasar de las horas los techos colorados con el reflejo del sol poniente, forma el crepúsculo vespertino de nubes pintadas con los colores de la paleta. El oro, el ópalo y la refulgencia de la luz sobre el firmamento que se desvanece, contrastan en su elevación sobre los montes con la anchura de la sabana.
Bajo un celeste de nubes que se mueven con una majestad sorprendente, viaja luego entre ojeras celestiales iluminadas por los rayos de la luna y forja la esperanza que refresca sus pensamientos desde el corazón, para crear nobles y amorosas fantasías. De pronto, encuentra que el ruido de las aguas en una alberca donde unas palomas pelean cerca, opaca el viaje de sus plumas que son barridas con la música de los suspiros del viento y los quiebros de una flauta modulada entre montañas.
El amor espera el recatado cuerpo virginal que la falda de pliegues, acaricia una cintura soñada. Finalmente, la aurora de la felicidad llega cuando María Dolores corre con su vestido azul, rosas blancas en la cabeza, y su mirada brilla más que los diamantes que adornan sus manos.
Tomados de la mano piensan en la bendición de Dios, saben por las miradas que se entienden, y corresponden hasta el último pensamiento de sus almas.
María Dolores era la hoguera de un incendio, un relámpago que brilla sobre el mar inmenso, y juntos esperan con ansia la unión en un diciembre cuando las estrellas son de un color más vivo de zafiro, y los campos forman un tapiz verde de flores olorosas.
Bajo el cielo abierto se juran fidelidad eterna. Con el sello religioso ese amor es lícito, y después de la unión sacramental, se escucha en el bosque una música de guitarras entre saludos alegres y aplausos sonoros.
María Dolores parece como el volcán soplado por un huracán eterno, donde el novio recibe la más bella que le han podido conceder los cielos, brinda con su copa y destierra sus equivocados pensamientos. El eco de la felicidad compartida se extiende como un suspiro de la dicha amorosa en la memoria…