Leonardo Torres Quevedo y los inventores que aún no conocemos
Mucho antes de que habláramos de drones, control remoto o inteligencia artificial, un ingeniero español ya estaba pensando en todo ello. Se llamaba Leonardo Torres Quevedo, y fue uno de esos personajes incómodos para la historia: demasiado adelantado a su tiempo como para encajar en un relato sencillo.
A comienzos del siglo XX, Torres Quevedo desarrolló el Telekino, un sistema capaz de controlar máquinas a distancia mediante señales inalámbricas. En 1906, en el puerto de Bilbao, logró que una embarcación obedeciera órdenes sin tripulación. No era un truco. Era una idea radical: separar la inteligencia de la máquina de su cuerpo físico. Algo que hoy damos por sentado, pero que entonces era casi ciencia ficción.
Torres Quevedo no solo inventó eso. Diseñó máquinas de calcular automáticas, sistemas de control, transbordadores aéreos, dirigibles y autómatas capaces de jugar al ajedrez. Fue ingeniero, matemático, inventor y, sobre todo, visionario. Pero también fue un caso aislado. Un genio individual en una época sin ecosistemas de innovación que amplificaran ese talento.
Y aquí viene la pregunta incómoda:
¿Cuántos Leonardo Torres Quevedo hay hoy… y no los conocemos?
Vivimos en una época en la que el talento no falta. Lo que falta, muchas veces, son espacios donde ese talento pueda probar, fallar, construir y compartir. Lugares donde una idea extraña no sea descartada por no ser rentable a corto plazo. Donde alguien pueda dedicar tiempo a experimentar sin tener que justificarlo con un plan de negocio inmediato.
Eso es exactamente lo que representan los Fab Labs.
Los Fab Labs son talleres de fabricación digital abiertos a la ciudadanía. Espacios donde conviven perfiles muy distintos: ingenieras, estudiantes, artesanos, programadores, docentes, jubilados curiosos. Personas que, como Torres Quevedo en su época, no encajan del todo en una sola etiqueta. Y que encuentran en estos lugares algo fundamental: herramientas y libertad para explorar.
La diferencia es que hoy no hace falta ser un genio solitario para inventar. Hace falta una comunidad. Una red. Un lugar donde una idea pueda convertirse en prototipo. Donde el conocimiento se documenta, se comparte y se mejora colectivamente.
Si Torres Quevedo hubiera tenido acceso a un Fab Lab, probablemente no habría trabajado solo. Habría encontrado otras personas con las que discutir, colaborar, contrastar. Quizá muchas de sus ideas no habrían quedado como curiosidades históricas, sino como tecnologías ampliamente desarrolladas.
Los Fab Labs no garantizan genios. Pero multiplican las posibilidades de que aparezcan. Porque democratizan el acceso a las herramientas que antes estaban reservadas a unos pocos. Porque permiten que la innovación no dependa solo del azar o del privilegio, sino del acceso.
Recordar a Leonardo Torres Quevedo no debería ser solo un ejercicio de memoria histórica. Debería ser una llamada de atención. España ha tenido inventores capaces de adelantarse décadas a su tiempo. Lo que necesitamos ahora es no volver a perderlos por falta de espacios donde puedan fabricar sus ideas.
Quizá el próximo gran avance no nazca en una gran empresa ni en un laboratorio cerrado. Quizá esté ahora mismo en un Fab Lab, en manos de alguien que todavía no sabe que está inventando el futuro. Y eso, si algo nos enseñó Torres Quevedo, merece toda nuestra atención.