La triaca en Madrid
Andrómaco, médico de Nerón, es considerado el inventor de la triaca. Su aportación consistió en añadir carne de víboras al antídoto contra los envenenamientos desarrollado por Mitriades VI, rey farmacólogo del Ponto, costa sur del Mar Negro actual, entre los años 120 y 62 antes de Cristo. Según indica Javier Puerto, académico de las reales de Farmacia y de Historia “esta triaca con víboras es la que pasó a la posteridad, por haber sido citada por Galeno en su De Theriaca ad Pisonem”. En la corte del emperador romano Marco Aurelio (161–180), que estaba considerado un estoico, todos tomaban triaca varias veces al día, y para prepararla fue requerido el mismísimo Galeno, médico griego famoso en aquel tiempo y después considerado máximo maestro de la medicina europea y árabe durante más de 1.500 años. La académica de Farmacia María del Carmen Francés Causapé, explica que la popularidad de la triaca a lo largo de los siglos se debió a que, “al desconocerse la etiología de la enfermedad, la pluralidad de sus ingredientes hacía que cada uno de ellos sirviera para luchar contra las múltiples causas implicadas en el proceso morbo”.
Los ingredientes de la triaca, según sus distintos preparadores oscilaban entre 70 y más de 100. Aunque en su tiempo se consideró que era la carne de víbora el ingrediente decisivo, incluso hubo grandes polémicas sobre el lugar, la época y la manera de capturarlas, amén del relacionado con el proceso de elaboración, hoy se conoce que el principio activo más efectivo fue el opio, y que los excipientes que determinaron su color amarillento y rico sabor eran el vino y la miel.
La triaca, no obstante, desde nuestra concepción actual, no puede considerarse un medicamento, sino que tiene una relación directa con el pensamiento mágico. El Profesor Puerto, al que ya nos hemos referido, uno de los máximos expertos en este tema, la relaciona con el mito de la caverna de Platón. Es decir, nuestros antepasados creían que existía una triaca ideal capaz de curar todas las enfermedades, pero sólo percibían su sombra. De ahí que cuando intentaban reproducirla lo más importante (mágico) era el rito y la pureza de los ingredientes. Cuando no funcionaba como panacea universal era que algo se había hecho mal, o los ritos o la calidad de los componentes.
La edad de oro de la triaca se dio en la Europa de los siglos XVI y XVII, encumbrada por los boticarios venecianos que controlaban el comercio de sus componentes simples traídos de oriente. La exportan a todos los países de su entorno, hasta que paulatinamente en cada uno de ellos se inició una producción propia.
La triaca era muy cara, estaba únicamente al alcance de los poderosos. El imaginario colectivo así lo recoge. Cuando Don Quijote aconseja a Sancho, momentos antes de recibir el gobierno de la isla de Barataria, que no coma ajos para no mostrar su villanía (pobreza), recoge parte de la sabiduría popular. Antonio Castillo de Lucas (1898–1973), uno de los grandes folcloristas españoles, recopilador de refranes médicos y farmacéuticos de los siglos XV al XVII, relaciona ese consejo con un refrán muy conocido en la época: “El ajo es la triaca del pobre”. También, al inicio del siglo XVII, la capacidad de la triaca está sublimada. Hay un auto sacramental de Calderón de la Barca, representado en 1634 en el palacio del Buen Retiro de Felipe IV, que lleva por título “El Veneno y la triaca”, donde viene a decirse que si el sacramento de la eucaristía salva el alma, la triaca salva el cuerpo.
La triaca aparece directamente vinculada a la historia de Madrid en el siglo XVIII. Hasta esa fecha, era el Reino de Aragón, el más relacionado con los distintos estados y ducados italianos, el responsable. Los protagonistas de la producción de triaca en los reinos hispánicos fueron los colegios de boticarios de Valencia, Zaragoza y Barcelona. Como es conocido, en la Guerra de Sucesión por el trono de España entre 1700 y 1714, Castilla apoyó a la Casa de Borbón y Aragón a la Habsburgo, cuyos partidarios fueron los perdedores tras la caída de Barcelona el 11 de septiembre de 1714. El nuevo rey Felipe V de Borbón, centralizó el poder con los Decretos de Nueva Planta que supusieron una merma general en los derechos del antiguo Reino de Aragón.
En el platillo opuesto de la balanza, en el tema concreto que nos ocupa, en 1732, por Cédula Real del 15 marzo, la Congregación y Colegio de Boticarios de Madrid alcanzó el Privilegio de elaboración de la Triaca Magna de Andrómaco, aunque mantenía su dependencia del Protomedicato, órgano que desde la época de los Reyes Católicos regulaba el acceso a las profesiones sanitarias.
Ya se ha mencionado la importancia del rito, casi teatral, en la fabricación de la triaca. En el caso de Madrid, aunque su pompa fue inferior a la que se hacía en Barcelona, los simples colocados en una vajilla de porcelana china se exponían durante tres días en el Convento de las Descalzas Reales, para someterse a la inspección del Protomedicato, y ser, después, llevada a cabo la elaboración en el propio establecimiento religioso. Años más tarde, la exposición pública se hacía en la calle de San Pedro, donde se encontraba la sede colegial frente al Hospital de La Pasión, y la triaca se preparaba a la vista del público al que se convocaba por carteles impresos. En 1736 una Real Provisión autorizó multar a drogueros y boticarios que vendieran triaca ajena a la fabricación aludida. Destaca el Profesor Puerto, que ello implicaba no considerar legítimas las triacas de Barcelona, Zaragoza y Valencia, que mantenían el privilegio en sus ámbitos, pero también se excluían las triacas de Venecia o Roma. “Donde hay patrón, no manda marinero”, en 1745 y 1751 la Real Botica adquirió triaca al Colegio de Boticarios de Madrid, pero también la elaboraron y expusieron en sus locales siguiendo el rito. La exclusividad, en consecuencia, no era total y, asimismo, se conocen varios pleitos por la misma con el Colegio de Valencia.
El Colegio de Boticarios de Madrid, que era una institución académica a la que se accedía por mérito, debe su subsistencia, junto a la elaboración de las Pharmacopeas (libros que describen las substancias medicinales y la manera de preparar los medicamentos), a la elaboración de la triaca. Fabricación que se mantuvo hasta diciembre de 1920, a pesar de que desde mediados del siglo XIX los avances científicos habían demostrado su inutilidad terapéutica.