La ley del deseo
No, no hablo del film de Pedro Almodóvar, ese canto al sarcasmo crítico con el que el director español suele rebelarse contra todas las instituciones, costumbres y gran parte de la moral occidental, derribando con su habitual desparpajo todas las certezas culturales.
Hablo de otra ley.
Una mucho más real y contundente.
La ley silenciosa que termina modelando la vida interior de cada ser humano.
El deseo es responsable de muchas pobrezas. Según Platón, la verdadera pobreza no nace de la falta de recursos, sino de la multiplicación desmedida de los deseos.
Basta hundirse en un sillón para comprobar empíricamente cómo funciona esta ley.
Seguramente has tenido uno de esos días en los que llegas abatido a casa, pensando que tu jornada fue para el olvido, que tu vida es una verdadera m… , entonces, casi automáticamente, te haces de un chocolate y te dejas caer en el sofá con el celular en la mano. Comienzas a recorrer el universo infinito de las redes sociales. Te paseas por ellas sin rumbo, y comienzas a encontrarte con otras vidas.
No pasan más de dos o tres publicaciones antes de que aparezcan hombres y mujeres hiperbólicos en belleza y éxito. Sabes bien que usan filtros. Lo sabes bien, muchas escenas están cuidadosamente armadas. Pero igual te quedas.
Sigues buscando…
O mejor dicho: ya ni siquiera buscas. Simplemente aparecen, uno tras otro.
Entonces intentas encontrar alguna grieta miserable en esas vidas perfectas. Y claro, el drama resulta ser haber recibido una multa por estacionar mal el Ferrari.
Mientras tanto, das otra mordida a la enorme tableta de chocolate.
No recordabas que el sillón fuera tan profundo.
En esa mezcla de dulzura chocolatosa y amarga frustración comienza a hundirse, lentamente, la percepción de tu propia vida cotidiana.
Casi sin darte cuenta, has sido bombardeado por cientos o miles de deseos ajenos. Muchos entrenadores del “todo lo puedes conseguir si lo deseas con todas tus fuerzas” te llenarán de entusiasmo construido sobre arena, sin cimientos reales.
Entraste, sin advertirlo, en una rueda difícil de abandonar.
La pobreza ya no vive solamente en los bolsillos o en una cuenta bancaria. Vive, sobre todo, en la sensación constante de insuficiencia y fracaso.
¿Es entonces el deseo algo malo?
Claro que no, me apresuro a responder.
El deseo es también aquello que muchas veces nos mueve a ser mejores. Es inquietud, curiosidad, impulso vital. Creo que Dios dejó en nosotros una semilla sana de deseo: esa inquietud de la que habla San Agustín, que vive en el corazón humano mientras busca encontrarse con Dios.
También existe el deseo noble de un padre o una madre que trabaja para llevar el sustento cotidiano a su hogar y tantos deseos sanos, cotidianos que nos enfrentarán a las búsqueda de las virtudes, al esfuerzo por llegar a lograr al final de la carrera con un denodado entrenamiento.
El problema no está en prosperar económica o socialmente. Sino en la frustración que nace del modo desordenado en que tratamos nuestros deseos; del lugar excesivo que les damos dentro de nuestras vidas.
Y es entonces cuando aparecen los refugios falsos: el chocolate, el alcohol, la droga, el juego, el sexo vacío o cualquier otra anestesia momentánea.
Tal vez sea necesario construir refugios distintos frente a esta guerra silenciosa que nos han declarado.
Tener trincheras de silencio.
Buenas lecturas.
Conversaciones verdaderas.
Miradas capaces de perderse en horizontes más lejanos que la pantalla de un teléfono.
Quizá haya llegado el tiempo de aprender de aquellos que descubrieron que una manera de vivir mejor consiste en desear menos.
Como escribió San Francisco de Asís:
“Deseo poco, y lo poco que deseo, lo deseo poco”.