La ecuación de Dios
En mis lecturas de rebotica hay una pregunta que aparece una y otra vez: ¿puede existir una teoría física que lo unifique todo? Incluso Albert Einstein lo intentó y murió sin conseguirlo.
Michio Kaku, en su libro La ecuación de Dios, nos invita a recorrer ese camino hacia la llamada teoría del todo, una fórmula que reconciliaría los dos pilares fundamentales de la Física: la relatividad general y la mecánica cuántica. La primera describe el cosmos a gran escala: galaxias, agujeros negros, la curvatura del espacio-tiempo … La segunda gobierna lo microscópico: partículas subatómicas, incertidumbre, probabilidades …
Ambas funcionan de maravilla en sus respectivos dominios, pero juntas no encajan. Cuando intentamos aplicarlas al interior de un agujero negro o al instante inicial del Big Bang, los resultados de las ecuaciones se disparan al infinito. Ese caos matemático es una señal de que necesitamos algo más.
¿Por qué importa tanto? Porque una ecuación que unifique las cuatro fuerzas fundamentales, gravedad, electromagnetismo, fuerza nuclear fuerte y débil, nos daría una comprensión profunda del universo.
Y aquí aparece un detalle que me fascina: la belleza. Los físicos hablan de ella con una mezcla de pudor y devoción. Simetrías inesperadas, relaciones simples entre magnitudes que no deberían tener nada que ver, estructuras matemáticas que parecen descubiertas, no inventadas.
Esa belleza actúa como una brújula, es una pista que nos indica que cuando las ecuaciones se vuelven más armoniosas, suele ser señal de que estamos rozando la verdad. La búsqueda de una teoría del todo es también la búsqueda de esa belleza.
La candidata más prometedora es la teoría de cuerdas. Según esta idea, las partículas no son puntos, sino diminutas cuerdas vibrantes y según sea cada vibración, se corresponde a una partícula distinta.
Para que las matemáticas funcionen en esta teoría, el universo debería tener más dimensiones de las que percibimos, no solo las tres espaciales y el tiempo, sino diez u once dimensiones, escondidas quién sabe dónde.
¿Es ciencia o especulación? Kaku la presenta como una hipótesis audaz, matemáticamente consistente pero aún sin pruebas experimentales. El reto es enorme: ¿cómo comprobar algo que ocurre a escalas tan diminutas que ni siquiera nuestros mejores instrumentos pueden alcanzarlas?
El título del libro no es casual. No pretende convertir la física en religión, pero sí subrayar la dimensión casi mística de esta búsqueda. Si existe una ecuación que explique todo, ¿qué significa eso para nuestra idea de Dios, del azar o del propósito?
A veces, en la rebotica, pienso que quizá la naturaleza no quiera resumirse en una sola fórmula. O quizá sí, pero aún no sabemos encontrarla. Lo cierto es que esta búsqueda nos inspira. Nos recuerda que la ciencia no es solo datos, es curiosidad, asombro, deseo de comprender. La ecuación de Dios, real o no, simboliza algo profundamente humano, la necesidad de encontrar sentido en el cosmos.
Tal vez nunca la escribamos en una pizarra, pero el viaje hacia ella ya es, por sí mismo, una forma de conocimiento.