Prisma Internacional

La irreversible agonía de la socialdemocracia en Europa

Los partidos socialistas o socialdemócratas han desaparecido prácticamente en casi todos los países de Europa del Este y los Balcanes, en un largo proceso que comenzó tras la caída del comunismo en 1989 y que, en muchos casos, ha culminado en estos últimos años. Ni en Polonia, ni en Hungría, ni en Rumanía, ni en otros países de la región, queda apenas rastro de los antiguos partidos comunistas reconvertidos después en formaciones socialistas, en un intento de maquillarse tras décadas de dictaduras fallidas de ese color político.

Pero tampoco a la socialdemocracia de Europa Occidental le ha ido mucho mejor. Incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos, de renovar sus discursos y de conectar con sociedades cada vez más fragmentadas y cambiantes, estos partidos han entrado en un declive prolongado. Como los dinosaurios desaparecieron hace aproximadamente 66 millones de años, al final del período cretácico, los partidos socialistas y socialdemócratas parecen haber agotado su ciclo histórico tras una larga agonía.

Tras la Segunda Guerra Mundial, especialmente a partir de 1945, la escena política europea estuvo dominada por partidos democristianos o liberales y, en la izquierda, por socialistas o socialdemócratas, que se alternaban en el poder con relativa estabilidad y sin grandes sobresaltos sistémicos.

A diferencia de los comunistas, los partidos socialdemócratas fueron fuerzas determinantes —y con frecuencia gobernantes— en países como el Reino Unido, Francia, Italia, Grecia, Alemania, España, Austria, Portugal, Noruega, Suecia, Finlandia y Dinamarca. Sin embargo, en las décadas de 1980 y 1990, varios de estos partidos comenzaron a sufrir graves crisis, provocadas por escándalos de corrupción, dificultades para afrontar coyunturas económicas adversas y un electorado cada vez más volátil. En ese contexto emergió con fuerza una extrema derecha que empezó a competir seriamente por el poder, especialmente en Francia, Italia, Austria, Alemania y, más recientemente, España.

En Francia, el Partido Socialista (PS) —protagonista durante décadas y con varios presidentes de la República en su haber— ha visto cómo tanto la extrema derecha como La France Insoumise disputan hoy su espacio político. Y en Italia, el histórico Partido Socialista Italiano (PSI) quedó devastado tras los escándalos de corrupción de los años noventa y terminó desapareciendo del panorama político. Algo similar ocurrió en Grecia con el PASOK, que pasó de ser fuerza hegemónica a convertirse en un partido muy debilitado tras la crisis financiera y los ajustes impuestos durante la década de 2010.

La crisis de la socialdemocracia europea no se limita a estos casos. También afecta, con distintos matices, a Austria, Alemania, el Reino Unido y los Países Bajos. En el caso británico, el Partido Laborista, pese a estar en el Gobierno en la actualidad, enfrenta un escenario político fragmentado y una fuerte competencia tanto por la derecha como por opciones populistas.

Las razones de este declive son múltiples. El voto obrero ya no es patrimonio exclusivo de la izquierda tradicional; la extrema derecha ha logrado captar sectores sociales que antes se identificaban con la socialdemocracia, especialmente en áreas industriales castigadas por la deslocalización y la globalización. Asimismo, muchos partidos ultras han sabido atraer voto joven mediante un discurso identitario, antiestablishment y muy eficaz en redes sociales. Formaciones como Alternative für Deutschland, Vox, Fratelli d'Italia o Reform UK han crecido precisamente en ese terreno abandonado por la socialdemocracia tradicional.

El discurso basado exclusivamente en el “cordón sanitario” y en la advertencia constante sobre el retorno del fascismo parece haber perdido eficacia movilizadora. La apelación al miedo ya no basta para ganar elecciones en sociedades polarizadas y desconfiadas de los partidos tradicionales. La cuestión de fondo es si la socialdemocracia europea está ante su desaparición definitiva o si, por el contrario, aún puede reinventarse. Su futuro dependerá de su capacidad para articular un nuevo relato adaptado a las transformaciones económicas, culturales y demográficas del continente. De lo contrario, su declive podría convertirse en irreversible.