Tinta viva

India: la metamorfosis tras los ojos de una mariposa

Elegí la mariposa como símbolo de este viaje porque representa el ciclo más crudo y bello de la naturaleza: vida, muerte, destrucción y renacimiento. Pocos lugares en el mundo encarnan esta metamorfosis con tanta intensidad como la India. Es un gigante que despierta; un país de crecimiento económico vertiginoso que camina con el lastre de desigualdades ancestrales y una pobreza que sigue dictando el destino de millones de personas.

Como la oruga que se encierra en la crisálida para transformarse, la India atraviesa su propia efervescencia. Pero en ese espacio oscuro y silencioso de la estructura social, habita el rostro más invisible: los Dalits. A pesar de que la Constitución prohibió la discriminación por castas en 1950, la sombra de los "intocables" persiste. Representan cerca del 18% de la población y, para ellos, el sistema varna no es historia, es una frontera cotidiana. En la India moderna, el linaje no es solo herencia; es el techo de cristal que les impide el vuelo.

La jerarquía tradicional sigue esculpida en sus ADN. Desde los Brahmanes (guardianes del ritual) hasta los Shudras (servidores), el apellido funciona como un marcador silencioso.

En este crisol de contrastes, lo sagrado y lo profano se tocan de formas que pueden resultar escandalosas para el ojo occidental. Ver a los Aghoris, cubiertos de cenizas humanas paseando desnudos, famosos por sus prácticas extremas de canibalismo en los crematorios y utilizando cráneos como recipientes, es enfrentarse a una espiritualidad extrema que desafía toda lógica. Son el recordatorio de que, en los márgenes de la existencia, la vida y la muerte no son opuestos, sino parte de lo cotidiano.

Desde la mirada europea, el primer impacto es el caos. Un tráfico sin normas aparentes, donde vehículos, animales y sonidos se entrelazan en un riesgo calculado. Un espectáculo intenso y desafiante. No hay fronteras claras. Vacas, perros, monos y otros animales comparten el mismo espacio que millones de personas, mientras un olor penetrante impregna el aire y se convierte en parte inseparable del paisaje. Todo parece convivir en un equilibrio frágil, ajeno a la lógica occidental. 

Sin embargo, incluso en la precariedad absoluta, la vida resiste. En los callejones más humildes, tener sueños se convierte en la máxima forma de supervivencia y la risa en un acto de resistencia silenciosa. Aunque el miedo es omnipresente y las fuerzas estructurales parecen insuperables, la mariposa siempre termina emergiendo entre rezos y cenizas. Porque la India no se visita, se siente; y en cada mirada, queda claro que su verdadera transformación no está en los rascacielos, sino en la resiliencia de quienes, a pesar de todo, se atreven a volar.