Reflexionando en la rebotica

Incertidumbre en Copenhague

En 1941 Werner Heisenberg viajó a Copenhague para visitar a su antiguo maestro, Niels Bohr. 

Conviene no olvidar el contexto, la ciudad estaba bajo la ocupación de la Alemania nazi tras la Operación Weserübung. No era un escenario dantesco, pero tampoco de libertad. Y eso cambia la conversación, no solo importa lo que se dijeron, sino lo que no pudieron decir.

Lo que ocurrió en ese encuentro es, todavía hoy, una incógnita. Sabemos del encuentro, se vieron, pasearon, hablaron. Pero no sabemos con certeza qué se dijeron. Solo tenemos recuerdos fragmentados, reconstrucciones posteriores e interpretaciones. Y, como suele ocurrir, cada versión describe un mundo distinto.

Según algunos, Heisenberg estaba implicado en el esfuerzo alemán por desarrollar la bomba atómica. Habría viajado para medir hasta dónde habían llegado los aliados… o incluso para justificar su propia posición.

Según otros, pudo haber ido a pedir ayuda. A compartir dudas técnicas o morales. A explorar si era posible frenar, de algún modo, la carrera hacia la bomba.

Margrethe, la esposa de Niels Bohr introduce una tercera mirada -en la obra de teatro Copenhagen, de Michael Frayn-, más escéptica, más humana y menos complaciente.

Cada uno de ellos, Bohr, Heisenberg, Margrethe, salieron de aquel encuentro con una interpretación distinta. Con un recuerdo filtrado por sus propios miedos, lealtades y culpas.

La física cuántica, a la que contribuyeron de forma decisiva, había introducido una idea radical: no podemos separar completamente al observador de lo observado. El acto de medir modifica el resultado.

Y, de forma casi irónica, eso mismo parece haber ocurrido con su propia historia. Intentamos reconstruir lo que pasó, pero cada intento está condicionado por quién mira, desde dónde y para qué.

La reunión de Copenhague se convierte así en una especie de experimento cuántico aplicado a la memoria. No hay una versión única accesible. Solo superposiciones de relatos que colapsan en función de la interpretación que adoptamos.

¿Fue Heisenberg un científico atrapado en un régimen al que no podía o no supo oponerse?

¿Fue alguien que intentó, de forma sutil, evitar el desarrollo de la bomba? 

¿O simplemente un físico que avanzaba en su trabajo sin medir del todo las consecuencias?

No podemos confirmarlo y tal vez ahí está lo más interesante. Porque tendemos a pensar que la historia puede conocerse por completo. Como una caja negra que, con suficiente documentación, terminará abriéndose.

Pero no siempre es así, hay conversaciones que se pierden, intenciones que no dejan rastro y decisiones que solo existen en la conciencia de quien las toma.

La reunión entre Bohr y Heisenberg es una de esas cajas negras. No porque falten datos, que faltan, sino porque lo esencial no es observable. Las motivaciones, las dudas, los silencios… todo eso queda fuera del registro.

Y, sin embargo, seguimos volviendo a ella, no para resolverla, sino porque en esa incertidumbre reconocemos que incluso en la ciencia, hay zonas donde el conocimiento se vuelve ambiguo.

Donde entender no es reconstruir hechos, sino aceptar que algunas preguntas no tienen una única respuesta, como en la mecánica cuántica … como en la vida.