Un gallego en la galaxia

El imperio de la confabulación

En vez de ayudarnos a elaborar una perspectiva histórica sólida y fiable, los medios de comunicación tienden a borrarnos la memoria. Su función es ofrecer una instantánea de la actualidad sin apenas un antes y un después, lo que supone una desconexión entre causa y efecto que sesga los hechos, ofusca el entendimiento y desarticula la razón. Sin percepción no hay comprensión y sin comprensión la acción acaba siendo irresponsable. Y, como dice el refrán, ojos que no ven, corazón que no siente. Y de ahí que tanto la inteligencia, la ética y la compasión estén prácticamente desaparecidas del planeta. 

En ese ejercicio cotidiano de descerebración casi nos hemos olvidado de lo que el primer ministro canadiense Mark Carney dijo este enero pasado durante la cumbre de urgencia del Foro Económico Mundial de Davos. Carney declaraba que nos encontramos ante una ruptura en el orden y las relaciones internacionales, ante un mundo en el que el comportamiento imperialista de las superpotencias ha revertido a la ley de la jungla. Carney confesaba que habían sabido que el principio de igualdad ante la justicia internacional no se aplicaba con ecuanimidad. Todos habían participado en esa pantomima porque les convenía y por eso no denunciaron el abismo entre retórica y realidad. Pero cuando el líder supremo del mundo libre empezó a abusar de su poder, a destruir el orden establecido y a saltarse impunemente la ley, sus obsequiosos cómplices se percataron de que el pacto de la mentira y sus usufructos ya no era rentable. Todo sistema basado en la confabulación colectiva es vulnerable, pues basta con que se propague la verdad para que se desplome. Y, según Carney, a estas alturas y en vista de lo que está ocurriendo, no queda más que admitir abiertamente que el emperador está desnudo. 

Carney sostenía que la sinceridad es el poder de los débiles. No se puede vivir en la mentira del beneficio mutuo de la globalización cuando ésta es el instrumento de la subordinación. Argumentaba que la cooperación entre las potencias intermedias como Canadá va a ser crucial a la hora de hacer frente a estos abusos, pues de no estar en la mesa de negociaciones acabarán en el menú. Para ello, decía, hay que vivir en la verdad, empezando por reconocer que nos enfrentamos a un sistema de rivalidad incremental entre los más poderosos, los cuales persiguen sus fines exclusivos utilizando la interdependencia económica como medio de coacción. La unión hace la fuerza y esa alianza entre las potencias intermedias serviría para contrarrestar esas arbitrariedades dictatoriales y establecer un orden nuevo anclado en un realismo pragmático y en los principios de los derechos humanos, el respeto por la justicia, la solidaridad, la soberanía y el desarrollo sostenible. Según Carney, esta ruptura más que adaptación requiere honestidad, la aceptación del mundo tal cual es y una estrategia de ‘geometría variable’, o sea de distintas coaliciones basadas en intereses y valores comunes. 

En el famoso cuento de Andersen, dos estafadores se hacen pasar por grandes modistos para aprovecharse de la vanidad del emperador prometiéndole un traje que superaría lo nunca visto. Trabajaban incansablemente tejiendo un paño tan fino que los necios y los incompetentes no lo podían ver. De ahí que, aunque no hubiese nada en el telar, todo el mundo, desde el emperador al pordiosero, acabase admirando aquel brocado sin igual. Llegado el día del estreno, el emperador salió a la calle con su traje nuevo ante la admiración incontrolable de sus súbditos. Hasta que entre la multitud un niño dijo que el emperador estaba en cueros. A todo el mundo se le abrieron los ojos, incluso al emperador, quien siguió desfilando majestuosamente para no perder la compostura. Aunque se diga que su tema es la inocencia, en realidad este cuento versa sobre la confabulación colectiva resultante de la suma de intereses individuales. A menos, claro está, que la inocencia y la falta de interés propio vengan a ser lo mismo.