Hubo un tiempo… mucho mejor
Eres lo que dejas en el corazón de los demás. —Anónimo de Catania
Hubo un tiempo, no hace mucho, en que la vida en España discurría con una generosa serenidad. Hoy parece algo extravagante. No diré que era un paraíso, porque en realidad ese solamente vive en los libros de teología, pero sí contaré que existía una tierra en donde el respeto caminaba por nuestras calles con total naturalidad. Los jóvenes saludaban a los más mayores sin que nadie les dictase un protocolo, los niños jugaban sin escoltas ni necesidad de ser vigilados y los padres conversaban con las puertas abiertas. La confianza era el huésped habitual en todos nuestros pueblos.
Recuerdo —y me consta— que un sueldo de cualquier obrero servía para sostener una familia. La luz era un simple trámite y no se recibía con sobresaltos. La carne no era un lujo reservado para los domingos, la fruta sabía a fruta y la verdura a verdura. En este instante la comida con sabor y frescura tiene aires de nostalgia. Recuerdo coger manzanas de los árboles y cuando era la temporada, llenarnos de cerezas y más frutas. Los funcionarios, personas hoy exageradamente mitificadas y denostadas, parecían saber que su oficio consistía en servir al ciudadano y no entretenernos en laberintos.
Hubo un tiempo en que la propiedad privada era respetada. Hubo un tiempo en que la fe no era motivo de burla y en el que cada cual conocía sus límites sin que el Estado tuviese que amenazarles. Hubo un tiempo en el que los ilustrados eran leídos y no sólo citados para adornar discursos. Hubo un tiempo en que la educación formaba carácter y no era una simple estadística, un tiempo en que cuando alguien quería algo debía ganárselo. Todos sabían que la vida, esa vieja maestra, no aceptaba atajos.
Pues sí, hubo un tiempo en que las calles de nuestra España florecían y se escuchaban las risas, sin paredes pintadas o destrozos. Hubo un tiempo en que las ayudas llegaban a quienes las necesitaban. Hubo un tiempo en que quienes emigraban lo hacían con un contrato en el bolsillo, cumpliendo con las normas y sin que existiese la incertidumbre en sus gargantas. Hubo un tiempo con las calles llenas de luz, con niños y alegría.
Hubo un tiempo en que la gente cedía su asiento a mayores y embarazadas. Un tiempo en que las fronteras se respetaban y los niños se protegían sin debates interminables, los médicos cuidaban de la vida y los jueces dictaban sentencias tan justas y claras que no requerían intérpretes. Hubo un tiempo en que se respetaban las costumbres, la bandera, el himno y la fe sin que ello supusiera sospecha ideológica. Hubo un tiempo en que el Estado no arruinaba a su pueblo para entretenerse con caprichos. Hubo un tiempo en que la decencia —esa virtud tan poco rentable— era un deber cívico.
Sin embargo, lo más turbador de todo esto no es que aquel tiempo hubiese existido, sino que hoy algunos lo recuerden en una mezcla de incredulidad y resignación. Hemos perdido todo aquello bueno que fuimos y entristece ver que parece que hemos renunciado a desearlo para nuestros hijos.
Sin duda, hubo un tiempo mucho mejor… Quizá no era perfecto, pero apetecía caminar alzando la mirada al cielo y no a los lados. Fue un tiempo en donde la convivencia era posible y en donde no existían los miedos, las alarmas o la crispación. A veces pienso que igual no añoro el pasado, sino gozar de la posibilidad de que volvamos a merecerlo.