En son de luz

Homo homini lupus. El hombre es lobo para el hombre

Cada año, el 27 de enero es el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, establecido por la ONU en 2005 para honrar la memoria de los seis millones de judíos y de otros cientos de miles de asesinados por su etnia romaní o por su homosexualidad por el criminal régimen nazi. 

Pero cada año que pasa repite las imágenes de otras masacres masivas en alguna parte del mundo, varios modos de holocausto ejecutados por quienes usan el poder de las armas contra otros seres humanos. Son los que siguen estremeciéndonos hoy mismo. Entre ellos, en las últimas semanas, ostentan una trágica marca las matanzas del régimen de los ayatolás iranies contra sus propios ciudadanos. 

Antiguamente se acuñó el adagio que constata que el ser humano puede ser un lobo para sus semejantes, lo que por desgracia se sigue confirmando año tras año en el mismo día que recuerda a las víctimas de la mayor matanza organizada y sistemática que lobos humanos cometieron contra millones de semejantes indefensos en el siglo XX. 

Plauto ya nos advertía para no dar nuestra confianza a alguno cuya naturaleza desconozcamos, sino que nos protejamos de ése como protegiéndonos de un lobo. “Lobo es el hombre para el hombre, que no hombre, para quien no conozca su forma de ser” (Lupus est homo homini, non  homo, qui  qualis sit non novit).

Siglos más tarde, en su comentario al adagio “La guerra atrae a quienes no la han vivido” (Dulce bellum inexpertis), Erasmo de Rotterdam, hablando sobre las violencias de la guerra, se pregunta: “qué plaga, qué capricho, qué Furia introdujo por primera vez en la mente humana algo cuyo efecto embrutecedor ha impulsado a este plácido animal, que la naturaleza engendró para la paz y la benevolencia y es el único que ha predestinado a la salvación, a precipitarse con tan salvaje frenesí y con enloquecida confusión hacia la destrucción mutua… a pesar de que la naturaleza reservó al hombre el uso de la palabra y de la razón, atributos que contribuyen sobre todo al establecimiento y al fomento de la benevolencia, de modo que nada entre los hombres se resuelva por la fuerza”.

Más adelante añade: “la naturaleza ha repartido entre los mortales una admirable variedad de cualidades, tanto espirituales como corporales, para que el individuo encuentre en otros individuos algo que amar y reconocer por su excelencia o que desear y abrazar por su utilidad y atractivo. Por último, depositó en su interior una chispa de espíritu divino para que, aunque no se ofrezca recompensa, a todos agrade hacer el bien por el bien mismo. Porque atender a las necesidades de todos es precisamente lo propio y característico de Dios. Pues si no, ¿qué otra cosa es ese extraordinario placer espiritual que sentimos al saber que alguien se ha salvado por causa nuestra?”. Y sobre esa vertiente humana contraria a la violencia insistía: “Dios ha puesto al hombre en este mundo como réplica de sí mismo, para que a la manera de una divinidad terrestre vele por la salvación de todos”.

 Erasmo comentó también otro antiguo adagio que proclama: “El hombre es dios para el hombre” (Homo homini deus), y lo ilustra con una cita de Ovidio: “El placer propio del hombre es salvar al hombre” (Conveniens  homini  est  hominem  servare  voluptas). 

No obstante, ahora mismo, como si no bastasen tantas matanzas sin Dios, hay lobos con piel de hombre en Irán que siguen otorgándose la autoridad de su Dios para ametrallar a quienes reclaman libertad y humanidad.

Referencias: Asinaria, Plauto, 495; Pónticas, Ovidio, 2.9.39; texto latino de los comentarios de Erasmo en “Les Adages d’Érasme”, les Belles Lettres, GRAC (UMR 5037), Lyon, 2010; versiones castellanas del Dulce bellum inexpertis en Adagios del poder y de la guerra y Teoría del Adagio (Madrid, Alianza Editorial, 2008) y de los otros dos adagios en ensondeluz.com