HODIO. La gran estafa de Pedro Sánchez
Cuenta el gobierno que el progreso avanza con paso firme, ¡será en sus cuentas bancarias e ilusiones! España. siempre ha sido fecunda en ingenios, ha parido una nueva extravagancia, propia de los anales del despropósito, la ha llamado HODIO —Huella del Odio y la Polarización—. Este engaño es una herramienta suya para vigilar nuestra libertad y restringirla. Entretanto esos lamentables próceres del reino estarán celebrando la ocurrencia como si hubiesen descubierto la pólvora, sin saber que esa ya existía.
Justifican la persecución del odio, cuando en realidad no es delito ni lo ha sido jamás. Personalmente odio el queso, los radares o los zapatos nuevos ¿Tendré que rellenar un formulario para detestar lo que odio? El odio, en realidad, en su forma más elemental es apenas una reacción humana tan inocente como el bostezo, pero, hete aquí que Sánchez y sus adláteres, en su infinita preocupación por nuestro espíritu quiere perseguirlo.
El Presidente no sabe que la ironía es gruesa, tanto que casi duele. Mientras que la ley dice que odiar no es delito, el PSOE se inventa la manera de rastrear los sentimientos. Pero no es sólo eso, es crear otro quiosco para colocar a sus amigos y desviar pasta. Todo por nuestro bien y nuestra seguridad, ¡naturalmente!
Empero, lo más inquietante no es el invento en sí, sino la lógica con que quieren sostenerlo. Su argumento convierte a España en el nuevo experimento de control social. Es tan minucioso que haría palidecer a los peores dictadores de la historia, porque ya no le sirve con vigilar todo lo que hacemos, ahora quieren saber qué sentimos. Regulan la palabra, supervisan la opinión, corrigen la conducta, modelan la crítica… y manipulan al ciudadano. Ya no votarás nada que les sea inconveniente. Lo harán ellos por ti.
Y el presidente, en su lastimoso tono de voz, envuelve toda la mentira bajo un discurso paternalista que convence a miles de incautos. Asegura que nos protegerá de nosotros mismos ¡Es conmovedor! Casi diría que es una forma de suerte vivir bajo su continua tutela. El Estado nos trata como a imbéciles incapaces de distinguir el bien del mal. Pero bajo esa dulce capa se esconde toda una maquinaria que convertirá al ciudadano en un ser completamente dócil, vigilado y previsible. Nos arrastra a ser los súbditos del siglo XXI, pero sin cadenas, sólo con una correa digital que no aflojarán jamás.
Y así, entre decretos, han ido instalando una forma de dictadura que no ha necesitado uniformes, ni proclamas, ni pistolas, solamente el miedo y la desavenencia. Estamos bajo una dictadura que no echa abajo las puertas porque ya están dentro de nuestras casas, leyendo nuestros mensajes, interpretando nuestros pensamientos y clasificando nuestras emociones. El socialismo sabe que como hombres libres estamos muertos.
Un día algún historiador analizará este periodo y tal vez se pregunte cómo pudo suceder que un país que presumía de espíritu indómito aceptó ser tratado como un experimento de laboratorio. Tal vez ese cronista concluya que no fue por maldad, sino una mezcla de miedo unida a una importante porción de comodidad. Porque esa es la fórmula que convierte a los pueblos en rebaños.
Recordemos que la libertad no se pierde por un cataclismo, es por la acumulación de pequeñas renuncias. Y así, cuando un Estado se arroga el derecho de vigilar hasta los sentimientos, en realidad no está defendiendo la convivencia, está reclamando nuestra conciencia y eso es algo completamente intolerable en un Estado de derecho.