La herida que no hace ruido
Hay heridas que no hacen ruido. No necesitan sangre para existir; les basta con el paso de los días, con ese goteo lento que va horadando la memoria como el agua que insiste en la piedra. La distancia de un hijo funciona así: no estalla, no se anuncia, no reclama titulares. Es una grieta discreta, casi educada, que solo se deja oír cuando la casa respira sola y uno descubre que el silencio también tiene peso, como si fuera un líquido antiguo acumulado en los rincones.
A veces vuelvo, sin querer, al instante en que nació. Aquel momento suspendido en el que el mundo se detuvo para que cupiera un solo latido. Recuerdo la primera vez que lo sostuve: tan pequeño, tan tibio, tan absolutamente nuevo. No hay emoción comparable a esa. Ninguna. Es un vértigo que no asusta, una certeza que no pide explicación. Uno se mira las manos y piensa: “¿De verdad soy capaz de sostener algo así?”. Y, sin embargo, lo sostiene. Porque en ese segundo inaugural, la vida se vuelve un agua clara donde todo parece posible.
De mi propia sangre nació su nombre, y sin embargo ahora corre lejos, como esos ríos que, al crecer, reniegan de la fuente que los vio nacer. No hay culpables ni cuchillos, solo la extraña hemorragia de un padre que aprende —tarde, siempre tarde— que el amor también puede desangrarse sin que nadie lo toque. Que hay afectos que no mueren de golpe, sino por evaporación. Uno se acostumbra a esa forma de pérdida que no se anuncia, que no se explica, que simplemente se instala, como una humedad que sube por los muros y va borrando los colores.
A veces pienso que todo esto empezó mucho antes, cuando aún éramos peces. Cuando la vida era un agua tibia y confiada, y el mundo cabía en un gesto pequeño: una mano que sostiene, una mirada que acompaña, un nombre que se pronuncia con orgullo. En aquel tiempo remoto —que no es infancia, sino algo más hondo— no existía la posibilidad de la distancia. Éramos un mismo nado, una misma corriente. Luego llegó la tierra firme, con sus ruidos, sus prisas, sus malentendidos. Y cada cual aprendió a respirar por su cuenta.
La paternidad, al final, es un oficio sin manual. Uno hace lo que puede, lo que sabe, lo que le enseñaron o lo que intuye. Y a veces eso no basta. A veces el hijo se aleja sin odio, sin reproche, sin siquiera darse cuenta. Simplemente sigue su curso, como hacen los ríos cuando encuentran un valle más ancho o una sombra más amable. Y uno se queda en la orilla, mirando cómo se aleja el brillo del agua, preguntándose en qué momento dejó de ser posible nadar juntos.
Pero no todo es pérdida. Con los años he aprendido que la distancia también tiene su forma de ternura. Que hay silencios que no son abandono, sino torpeza. Que hay ausencias que no son rechazo, sino vida. Y que, aunque el río se aleje, la fuente sigue siendo fuente. No porque reclame, sino porque recuerda.
A veces, en las noches más quietas, vuelvo a sentir aquel primer latido. El suyo. El mío. Y entonces comprendo que hay hilos que no se rompen, aunque el tiempo los tense hasta el límite. Que hay amores que no necesitan presencia para seguir respirando. Que un padre nunca deja de esperar, no por ingenuidad, sino por naturaleza.
Y así sigo: con la certeza tranquila de que el reencuentro no depende del calendario, sino de la vida misma. Que quizá llegue en un gesto, en una palabra, en un día cualquiera. Y si no llega, tampoco importa del todo, porque mientras yo siga aquí, la puerta seguirá entreabierta.
Solo mi muerte —esa sí, inevitable y discreta— cerrará del todo la casa. Hasta entonces, seguiré escuchando el agua. Porque en algún recodo del tiempo, estoy seguro, volveremos a reconocernos.