Hacer el trabajo sucio
Nunca hubo tanta información y, sin embargo, nunca fue tan escaso el conocimiento.
Vivimos sumergidos en una marea constante de datos: titulares, copetes, bajadas, shorts virales, opiniones instantáneas. Todo circula con una velocidad que no invita a pensar, sino a reaccionar. Antes, la información llegaba con pausa; hoy llega con vértigo. Y el vértigo no está hecho para comprender, sino para consumir.
Información no es conocimiento. La primera es acumulación de datos; el segundo exige algo más incómodo: interés, análisis, interpretación, pensamiento crítico. Requiere tiempo. Y el tiempo se ha vuelto el recurso menos tolerado en esta era de inmediatez.
Los síntomas son evidentes. En Europa —y particularmente en España— se ha multiplicado la cantidad de estudiantes universitarios. Sin embargo, el rendimiento promedio en lectura ha descendido. Hoy el promedio es de 271 puntos, diez menos que hace una década. El dato es alarmante: un universitario español tiene menor nivel de comprensión lectora que un bachiller de Finlandia, Suecia o Japón.
Más títulos, menos comprensión.
Según la OCDE, a través del informe PISA, los sistemas educativos con mejores resultados se encuentran en Singapur, Estonia, Canadá, Finlandia y Corea del Sur. Las diferencias culturales son enormes, pero comparten algunos pilares: fuerte inversión en educación, exigencia docente, planificación a largo plazo y remuneraciones competitivas para quienes enseñan.
No es casualidad.
Estos países entendieron algo elemental: la educación no es gasto, es estrategia. No es discurso, es decisión. No es consigna, es prioridad presupuestaria.
En Argentina, la obligatoriedad escolar se ha ampliado desde el nivel inicial hasta la finalización de la secundaria. Sin embargo, los resultados siguen deteriorándose. El problema no es la norma escrita; es la ejecución, la falta de exigencia, la degradación progresiva de estándares y el mensaje cultural que se ha instalado durante décadas.
Porque el problema no es solo pedagógico: es moral y político.
Mientras la política —sin requisitos de formación ni mérito comprobable— garantiza privilegios, estabilidad y acceso al poder, el esfuerzo académico muchas veces no asegura reconocimiento ni progreso. El mensaje implícito es devastador: estudiar no necesariamente vale la pena.
Revertir esto implica algo incómodo. Implica hacer el trabajo sucio.
Desarmar estructuras enquistadas. Quitar privilegios. Evaluar con rigor. Exigir resultados. Pagar mejor a quienes forman y no a quienes administran la decadencia. Asumir el costo político de enfrentar intereses protegidos por años de complacencia.
No se trata de ideologías. Se trata de prioridades.
Los países que hoy lideran en educación proyectan a treinta o cuarenta años. Piensan en generaciones, no en elecciones. Y, sobre todo, pagan muy bien a sus docentes.
El resultado es previsible: sociedades más seguras, más productivas, con mayor cohesión social y mejor calidad de vida.
No sé si fue realmente Morgan Freeman quien lo dijo, pero la frase resume el dilema: “Tal vez, si pagáramos mal a los políticos y mejor a los profesores, habría personas más inteligentes y leyes menos estúpidas…”
La pregunta es si estamos dispuestos a hacer lo que sabemos que hay que hacer. Porque alguien deberá hacerlo.
Y no será cómodo.