El liberal anónimo

Guía para comprar casa antes de los 50

Prometemos según nuestras esperanzas y cumplimos según nuestros temores. —François de La Rochefoucauld

En estos tiempos tan prósperos y opulentos, comprar una casa antes de los cincuenta se ha convertido en una empresa tan fabulosa y fantástica como cazar dragones. Los políticos repiten en forma de encíclica la absoluta solemnidad del dogma, insistiendo que la vivienda es un derecho, ¡eh, que lo dice la Constitución! En realidad, en la práctica, más parece un privilegio de los buenos hombres políticos que del pueblo trabajador. El resto, todos nosotros, pobres e insulsos mortales, tenemos que recorrer inmobiliarias como quien visita vitrinas de un museo, en suma, con admiración resignada y la completa certeza de que nada de lo vemos nos pertenece.

Los precios suben con compleja alegría y la vivienda parece un globo infantil. Los sueldos avanzan con la tremenda parsimonia de un burócrata fatigado y, entretanto, el ciudadano medio intenta cuadrar sus cuentas. Bien parece que la economía doméstica es un acertijo diseñado por nuestro peor enemigo. Y lo es, inventado por ellos, por el político que busca acorralarnos a impuestos. El ahorro hoy es inexistente, porque nada hay que ahorrar y, en el ínterin, el precio de todo lo que nos rodea nos devora el sueldo y nos ahoga cada vez más. 

Cada día docenas de personas miran en escaparates buscando viviendas, revisan anuncios y rezan para que el sueldo pueda alcanzar. Los letreros de venta de vivienda han adquirido la categoría de género literario. Se ofrece de todo, desde estudios acogedores en donde no cabe ni el pensamiento, hasta pisos con excelente iluminación proveniente del frigorífico. También salen a la venta viviendas muy bien comunicadas que, con la sencilla ayuda de un helicóptero militar les conecta con el mundo. Hay otras con excelente acceso, pero sólo al portal, porque después de subir cinco pisos por unas escaleras que parecen las pirámides, empieza a sospecharse que no son muy accesibles. Aun así la ilusión permite soñar con la compra. 

La verdad de todo este asunto, aunque resulte incómodo, es sencilla. Para adquirir una vivienda basta con cumplir con alguno de estos requisitos: Haber heredado una y tener bastante pasta para pagar a la hacienda pública que ya sabe en qué triturarlo; haber heredado dos y poder vender una para cubrir la extorsión de la agencia tributaria; heredar una fortuna para no necesitar ninguna guía; o también, la más eficaz, que es mudar el nombre y apuntarse a la lista de los que vienen a pagar nuestras pensiones. Para todos los demás, comprar, es simplemente una quimera que se persigue con la mayor dignidad de quien sabe que lucha contra gigantes que no son molinos.

Sin embargo, seguimos intentándolo, ¡que no sea por insistir! Continuamos visitando pisos imposibles, calculando hipotecas que nos sobrevivirán tres generaciones y, no por menos, alimentando la esperanza de lo imposible —esa obstinada y terca esperanza que es compañera fiel del ser humano—. También lo hacemos creyendo que algún día dejaremos de vivir en habitaciones que parecen cápsulas de tránsito. 

Quizá la clave de todo esto sea contarlo, denunciarlo, gritarlo o, si acaso, buscar la serenidad en el yoga. Comprar un piso antes de los cincuenta continuará siendo una hazaña para unos pocos elegidos, pero, entretanto, siempre podremos comprar unas zapatillas de deporte bien baratas para seguir buscando entre escaparates y ventanas unas hermosas ilusiones hipotecadas.