La guerra de Irán, una caja de pandora de impredecibles resultados
Es de manual básico de academia militar, y algo bien conocido por casi todos los conocedores del arte de la guerra, cuándo comienzan las guerras y que es un absoluto enigma poner fecha al final de las mismas. Cuando el 1 de septiembre de 1939 Hitler atacó, ocupó y destruyó Polonia, comenzando así la Segunda Guerra Mundial, nunca hubiera imaginado que acabaría sus días suicidándose en un sucio búnker acosado por tropas soviéticas y norteamericanas. Desde sus ínfulas imperiales y despóticas, nunca hubiera pensado que su final sería tan apocalíptico como él de tantos otros millones de alemanes que acabarían sus días en la tragedia en la que solamente podían acabar sus delirios histriónicos. Algo parecido podría suceder ahora con la guerra de Irán, de la cual conocemos exactamente cuándo comenzó pero no cuándo acabará.
Para empezar, el ensueño de que el conflicto con Irán, comenzado inesperadamente por los Estados Unidos e Israel a merced de la voluntad de un primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que ha arrastrado a Donald Trump a su “cruzada” contra los ayatolás, va a terminar “rápidamente” es una quimera, un objetivo imposible de cumplir en el corto plazo dada las capacidades militares del país atacado y las fuerzas con las que cuenta. Irán no es Venezuela, no es un tigre de papel, sino un país armado hasta todos los dientes que cuenta con una Guardia Revolucionaria Islámica con más de 190.000 hombres y numerosos tentáculos armados en forma de células en toda la región, entre los que se encuentran dos grupos con capacidad de atacar a Israel: Hamás y Hezbolá, en Gaza y Líbano, respectivamente. También los iraníes tienen fuerzas y terceras columnas con capacidad de actuar en Irak, Siria, Turquía e incluso en los países occidentales, donde ya cometió atentados y acciones espectaculares en Suiza, Francia y Argentina. (La mano iraní, por ejemplo, está detrás de los ataques terroristas contra la embajada israelí en Argentina y AMIA, en 1992 y 1994, respectivamente, que causaron más de un centenar de asesinados y varios centenares de heridos).
Desactivar la potencia criminal y militar del régimen iraní no es una tarea sencilla, fácil y que se pueda realizar, seguramente, sin la intervención directa de los dos países implicados en la guerra, pero ese escenario es, precisamente, el que quiere evitar Trump a toda costa, como buen conocedor de las trampas en las que cayeron anteriores administraciones norteamericanas al intervenir en Somalia, Irak y Afganistán, por citar solo tres ejemplos.
Cuatro escenarios posibles
Aparte de todas estas consideraciones y la potencia letal que contiene Irán -algo que no desconocen los gurús y estrategas del Pentágono pese al desconocimiento magistral en Historia con mayúsculas de su Jefe-, hay que reseñar que el escenario de la guerra no se circunscribe solamente al territorio iraní, sino que Irak, Turquía, Líbano, Gaza y Cisjordania también son territorios susceptibles de ser atacados o desde donde atacar a los países atacantes, tal como está sucediendo en estos momentos desde el territorio libanés. La incapacidad del Ejecutivo libanés por desarmar a la guerrilla islamista Hezbolá desde la firma de la tregua con Israel, el 15 de enero de 2025, ha sido el detonante para que Israel vuelva a atracar al “país de los cedros” tras numerosos ataques de este grupo contra objetivos civiles israelíes.
El actual escenario bélico es realmente complejo, mucho más de lo que piensan Trump y sus pelotas de turno que no le cantan las verdades al máximo líder, pues el enemigo iraní es casi invisible, opera en todas partes y puede ser capaz de causar golpes letales inesperados, en forma de atentados terroristas audaces y a la vez salvajes, hasta en el territorio norteamericano. La guerra apenas acaba de comenzar y es entendible que el máximo líder israelí, Netanyahu, se haya empeñado en esta loable “cruzada” porque si bien es cierto que el pueblo judío debe tomarse en serio todas las amenazas acerca de su supervivencia por la experiencia traumática que significó el Holocausto -seis millones de judíos asesinados, ni más ni menos- no es menos cierto que haberse embarcado en esta guerra es haber abierto la caja de Pandora, quien en la antigua Grecia abrió un recipiente, incumpliendo las órdenes de Zeus, y liberando desgracias como enfermedades, guerra y dolor sobre la humanidad. Los resultados de esta guerra son todavía, como decíamos al principio, absolutamente impredecibles.
Quizá, como en las anteriores crisis de Irak y Afganistán, nos estamos embarcando en un final que puede concluir solamente en cuatro salidas claras: empate técnico, un estancamiento, una derrota al estilo vietnamita o un punto muerto. En cualquier caso, en este ambiente dominado por las bravatas y fanfarronadas de Trump, los cuatros escenarios sin ser desactivado y destruido fehacientemente el programa nuclear iraní serían una clara derrota para los ahora aliados y socios en esta guerra, Estados Unidos e Israel. Una debacle en toda regla.