Groenlandia. Una reflexión estratégica
Expresaba Tucídides en su obra Historia de la Guerra del Peloponeso que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. De esa vieja razón podemos comprender que los movimientos estratégicos de las grandes potencias rara vez responden al capricho y por eso la geopolítica debemos examinarla con la misma serenidad que aquel recomendaba. Así ocurre hoy con la propuesta de Estados Unidos de explorar una relación más estrecha con Groenlandia y que ha sido impulsada por el Presidente Donald Trump. Debemos interpretar ese interés bajo esa clave, en suma, como una visión de largo alcance más pragmática que emocional y por ende, de algún modo, deberíamos inscribirla como otra más en la larga tradición histórica de estadistas que han entendido que el futuro se construye con decisiones audaces.
Bruce Schneier, experto en seguridad informática, declaró que la seguridad no es un producto, sino un proceso, ¡hay razones para verlo! En un mundo donde el Ártico se ha convertido en un tablero decisivo tanto por sus recursos como por las rutas marítimas emergentes, es palmario que resulta un impar valor estratégico y militar, por lo que su estabilidad no debería tratarse como un asunto menor. Estados Unidos, como potencia ártica, tiene un especial interés en garantizar que ese espacio no quede a merced de actores poco comprometidos con el orden internacional, ni tampoco con los hoy menguados y escasos valores occidentales. No cabe duda de que poco puede defender este ejército europeo vacío de contenido y pobre en medios.
Pero esta idea de ampliar la presencia estadounidense en el Ártico no ha nacido con Trump. Debemos trasladarnos hasta 1867, cuando el Secretario de Estado de EEUU, William H. Seward defendió la compra de Alaska. Esa intención, que interpretó como «inevitable para el futuro de la nación», la tomaron como una idea disparatada y ridícula, tanto fue así que llegó a denominarse “La locura de Seward”. Hemos de reconocer que cuando todos veían un territorio inútil y helado, él ya observaba ventajas. La historia y los años han terminado por darle la razón.
Es evidente que toda visión estratégica suele ser impopular cuando se formula, pero se torna irrecusable cuando se cumple. En ese sentido Trump ha actuado dentro de ese pequeño grupo de estadistas que piensan en décadas, en el futuro, no en titulares. Su planteamiento —más allá de la forma en que está siendo recibido— responde a una lógica clara, la de reforzar la seguridad norteamericana, ampliar las oportunidades económicas y consolidar la presencia de un gobierno fuerte en una región donde otros actores avanzan sin disimulo. Clausewitz advertía que la política es la continuación de la guerra por otros medios, y en nuestro siglo XXI esa guerra se está librando en forma de influencia, inversión, infraestructura y presencia territorial. Ignorar el Ártico es, desde esta perspectiva, una renuncia estratégica.
En consecuencia, defender los intereses estadounidenses en Groenlandia no implica ignorar los de Europa ni tampoco los de la propia Groenlandia. De hecho, podría interpretarse como un interés compartido. La presencia estadounidense en la isla ha sido históricamente un factor de estabilidad, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial cuando la Base Aérea de Thule protegió no solo a Estados Unidos, sino también a Europa de la ocupación alemana. Hoy, cuando los grandes cambios abren nuevas rutas y despiertan apetitos globales, la pregunta que procede no es si Groenlandia estará vinculada a una potencia, sino a cuál. Y en este singular escenario, muchos analistas sostienen que efectivamente son los EEUU quienes ofrecen un marco más previsible y alineado con los verdaderos valores de la vieja civilización occidental frente a cualquier otra alternativa emergente.
Al final, el verdadero interrogante es qué ganan con esto los groenlandeses. Los que defienden una integración más estrecha con Estados Unidos, apuntan además que la isla podría beneficiarse de una mayor inversión en infraestructuras, acceder a un mercado mucho más amplio, incorporarse a un sistema de libertades civiles perfectamente consolidado, acogerse a una moneda sólida frente a las aventuras del Euro, como también favorecerse de una fiscalidad mucho más competitiva y con mayor seguridad en un entorno geopolítico que evidentemente es cada vez más tenso. En realidad parece que no se trata de una anexión en el sentido clásico, sino de explorar las diferentes fórmulas de asociación que respeten la identidad groenlandesa al tiempo que se abre la puerta a un futuro más próspero.
La propuesta de Trump respecto a Groenlandia podría interpretarse como parte de esa visión que busca fortalecer a Estados Unidos, pero que también ofrece a los groenlandeses un horizonte de prosperidad, derechos y libertades que son difíciles de igualar. En el mundo actual, donde la competencia global se intensifica constantemente, sumarse a un marco económico dinámico, con sólidas garantías jurídicas y con un firme compromiso histórico en la defensa de las libertades individuales, podría ser para Groenlandia no solo una opción razonable, sino una brillante oportunidad histórica.