Groenlandia, manual de instrucciones para no dejarse comprar
Groenlandia es una de esas islas que parecen hechas para poner a prueba la paciencia de los poderosos. Desde lejos, los mapas la pintan como un bloque de hielo disponible, un espacio vacío esperando a que alguien con suficiente dinero —o suficiente ego— decida qué hacer con él. Pero basta acercarse un poco para descubrir que no está vacía de nada: ni de historia, ni de gente, ni de dignidad. Y eso, para algunos, es un problema.
Durante milenios, los inuit han sabido vivir allí donde otros solo ven frío. Después llegaron noruegos, daneses, misioneros y administradores convencidos de que traían orden a un territorio que ya tenía el suyo propio. Groenlandia sobrevivió a todos ellos con la misma estrategia: resistir sin hacer ruido, como quien deja que el viento se lleve las tonterías ajenas.
Por eso, cuando Estados Unidos decidió que quizá sería buena idea comprar la isla —como quien hojea un catálogo de chalets con vistas al Ártico—, en Groenlandia no se sorprendió nadie. La codicia extranjera es un visitante habitual. Lo que sí provocó un arqueo de cejas colectivo fue que un presidente, Donald Trump, insinuara que, si no se aceptaba la oferta, siempre quedaba la opción de la fuerza. La fuerza. Como si la isla fuera un mueble pesado que uno puede cargar al camión de mudanzas a base de empujones.
Y, por supuesto, todo envuelto en la vieja coartada de siempre: la defensa del “modo de vida americano”. Esa fórmula mágica que sirve para justificar cualquier aventura exterior, desde bases militares hasta compras de islas, como si el planeta entero fuera un decorado destinado a proteger un estilo de vida que, paradójicamente, necesitaría más introspección que fronteras. Porque antes de salvar al mundo de supuestas amenazas, quizá convendría preguntarse por qué ese modelo produce desigualdades gigantescas, barrios donde la comida sana es un lujo y un sistema educativo que deja a millones sin herramientas para comprender el propio mundo que dicen querer defender. Pero es más fácil mirar hacia fuera que hacia dentro; más cómodo señalar enemigos imaginarios que revisar los cimientos propios.
La ironía, en este punto, es inevitable. Resulta que un territorio habitado desde hace miles de años, con una cultura que ha sobrevivido a glaciaciones, colonizaciones y olvidos, debe ahora escuchar que su futuro podría decidirse en función del capricho de un mandatario que confunde soberanía con catálogo inmobiliario. Hay quien colecciona sellos; otros, al parecer, coleccionan islas, países y cualquier territorio que pueda envolver en papel de regalo geopolítico. Y si además viene con recursos naturales, mejor: hay coleccionistas que no distinguen entre un álbum y un mapa.
Pero la combatividad también es inevitable. Porque detrás de cada intento de compra late una idea profundamente peligrosa: la de que todo tiene precio. Groenlandia, sin embargo, lleva siglos demostrando lo contrario. No se dejó domesticar por los imperios, no se dejó reducir a una nota al pie en los tratados, y no parece dispuesta a convertirse ahora en la parcela favorita de nadie.
La isla responde con su estilo habitual: sin gritos, sin aspavientos, pero con una firmeza que corta más que el hielo. No, no está en venta. No, no es negociable. No, no se doblega ante amenazas disfrazadas de ofertas. Y no, no piensa pedir disculpas por existir.
Groenlandia incomoda porque recuerda algo que muchos prefieren olvidar: que no todo está en venta, que no todo se doblega, que no todo se compra a golpe de talonario o de bravuconada. Y eso, para quienes creen que el mundo es un escaparate, resulta insoportable. La isla, mientras tanto, sigue ahí, inmensa y tranquila, observando cómo algunos se irritan porque no pueden poseerla. Y quizá ese sea su mayor acto de resistencia: demostrar que, frente a la codicia disfrazada de diplomacia, la dignidad sigue siendo un territorio inexpugnable. Hay lugares —y pueblos— que no se conquistan ni con dinero ni con amenazas. Y si alguien insiste, la respuesta seguirá siendo la misma, tan simple y tan devastadora como un bloque de hielo cayendo al mar: no es tuya. Y no lo será jamás.