“Gracias, Valencia: el tren cumplió… a su manera”
Viajar en tren por España se ha convertido en un deporte de riesgo amable: uno compra billetes, pero lo que recibe es una aventura. Entre retrasos, desvíos y sonrisas inesperadas, llegué a Valencia para una ceremonia brillante. El tren, eso sí, cumplió… a su manera.
Por fin ha ocurrido: he asistido a la ceremonia de investidura de los nuevos doctores de la Universidad Católica de Valencia. Como en 2022 no pude acudir a la que me correspondía, este año me apunté sin dudarlo. Y menos mal, porque la experiencia fue magnífica… aunque empezó con un viaje digno de una comedia de enredo.
El trayecto Zaragoza–Valencia, vía Tarragona —porque el directo por Teruel lleva tantos años en obras que pronto podrá solicitar su declaración como Bien Inmaterial de la Humanidad— ya prometía emociones. Compré billetes para viajar con mi flamante silla de ruedas eléctrica, y ahí llegó la primera alegría: el precio especial para quienes viajamos con nuestra propia silla. Si lo llego a saber en mis años viajeros, habría intentado colar una plegable o, en su defecto, una caja de fruta vacía.
La contrapartida llegó pronto: en el tramo Zaragoza–Tarragona no quedaban plazas para silla, así que me tocó asiento convencional, subiendo a 38 “lereles”. El tren ya venía con retraso, pero además salió de Zaragoza con media hora extra porque no conseguían cerrar las puertas, lo que añadió un toque de suspense digno de un gag ferroviario de los hermanos Marx. Llegamos a Tarragona con dos horas de retraso, así que ese tramo me salió gratis. Y confieso que, cuando el tren se detuvo por enésima vez en mitad de la nada, me asaltó una pequeña frustración: no rematamos la jornada quemando los asientos al grito de “¡más madera!”, como en aquellas locomotoras desquiciadas del cine.
El enlace a Valencia fue otra escena memorable. Como mi tren se había perdido, me metieron en el siguiente, donde los espacios para sillas estaban completos. Tocó plegar la mía y viajar en un vagón de primera. Eso sí: sin merienda-cena. Ni un triste cacahuete. Tuve que suplicar un vaso de agua para tomarme la pastilla de las ocho. El camarero, amabilísimo, me acompañó al baño y esperó fuera. Y menos mal, porque entre el traqueteo y mi estilo de micción en modo aspersor, no acerté ni una gota en el inodoro.
El resto fue una delicia: Valencia luminosa, la ceremonia emocionante y un ambiente lleno de cariño y profesionalidad. ¡Gracias, Valencia!
Y ya en el viaje de vuelta pensé en lo mucho que ha cambiado esto de viajar. Antes los trenes llegaban puntuales; hoy cada trayecto es una aventura. Y aun así, uno recuerda que no siempre la aventura es amable: el terrible accidente de Adamuz nos lo ha recordado con dolor. Para sus víctimas, mi pensamiento más cálido y emocionado.
Quizá por eso escribo estas crónicas: para guardar el temblor de los días que no salen como uno esperaba, pero salen mejor contados.