La furia épica de los gerifaltes deshidratados
Marte debe estar en su apogeo y la Luna ejerciendo un poder magnético potente para que tanto lunático se lance con tal entusiasmo a la guerra. O puede que, aunque los polos magnético y estelar sigan en su sitio, hayamos perdido el norte. Desde luego lo que está aconteciendo tiene todos los visos de un desastre anunciado. Esos portaviones, esos bombardeos, esos enjambres de misiles siendo interceptados o penetrando el escudo antiaéreo y estrellándose en las ciudades, dañando infraestructuras, incendiando refinerías, destruyendo centros de comunicaciones, bases militares, puertos, zonas residenciales y escuelas infantiles, son los cruentos sacrificios que la humanidad lleva ofrendando desde el principio en las aras del odio. Y mientras suenan las sirenas y se contabilizan los daños y las víctimas, los tesoreros calculan el coste de esa empresa bélica, pues no se puede jugar a la ruleta rusa con el presupuesto. Una de las niñas supervivientes del bombardeo de una escuela primaria lo cuenta con una objetividad tan conmovedora que si la escucharan se declararía un inmediato y permanente alto el fuego. Pero los líderes tienen cosas más importantes entre manos que escuchar a una niña. Por ejemplo, asesinarse mutuamente y asegurarse de que el petróleo fluya ininterrumpidamente por el estrecho, o se les hunde la economía, sin la cual no hay orgullo ni máquina de guerra. O sea que estamos asistiendo al espectáculo de una degradación moral absoluta que amenaza con sumir a la humanidad en una nueva hecatombe mundial. Y no creas que exagero, amigo Sancho. Sólo hay que estar un poco atento para presentir que el reloj atómico ronda la medianoche.
Casi todo el mundo se creyó que lo de Trump y su séquito era una payasada, un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significaba nada. Y ahora resulta que esas bravuconadas eran el reflejo exacto de lo que estaban tramando. Primero pervirtieron y neutralizaron el orden gubernamental de su propio país, conjuntando los poderes legislativo, jurídico y ejecutivo en la transformación de la república en un régimen policial, por lo que redujeron a papel higiénico la Constitución y el Senado a un instrumento servil del Calígula de turno. Ipso facto, el presidente de la paz se convirtió en el emperador de la guerra. Y, siguiendo la fórmula de que o estás conmigo o contra mí, cuando algún aliado le impedía usar las bases militares que tenía en ese país, amenazaba con estrangularlo económicamente hasta que se instaurase un régimen más acorde con su voluntad e intereses. Y lo macabro es que, en la UE, cuya razón de ser y fundamento es la paz, haya dirigentes y partidos dispuestos a trompetear abiertamente su apoyo y lealtad a las empresas caballerescas, ilegales y asesinas del imperio.
Pero como los triunfos mundanos carecerían de verdadero valor sin justificación divina, ahí está esa cábala de evangelistas ungiendo a Gargantúa como el destinado a desencadenar la gran batalla que precipite la venida de su salvador para celebrar el juicio final. Evidentemente estos predicadores no han leído la Biblia, ese compendio de las peripecias históricas de una teocracia etnocéntrica empeñada en destruir a otra teocracia casi idéntica. Si hubieran leído el Nuevo Testamento, se hubieran encontrado con el episodio en el que el hijo del carpintero les dijo a los fariseos (San Juan, 8:44), confabulados para eliminarlo, que no eran hijos de Abrahán, sino que su padre, el diablo, había sido un homicida desde el principio, y no así el padre del Cristo. Tristemente, tanto los fariseos de hoy como los presuntos cristianos siguen perteneciendo a la estirpe homicida de siempre. Así que, amigo Sancho, según las Sagradas Escrituras, de cuya infalibilidad no duda ni el obispo de Roma, estas pobres almas están condenadas a la gehena. A menos que todo fuere producto de una deshidratación cerebral, la cual acaba transformando a los gigantes en molinos de viento para privarnos del galardón de la más insigne victoria.